domingo, 21 de marzo de 2010

Sábado de verano




Ayer había un sol suave. Era el último día de un verano que nunca llegó demasiado. Trabajé en casa y a mediodía sentí que quería ir a sacar fotos. Mis pasos enfilaron hacia el cementerio británico de Buenos Aires que está a veinte minutos de caminata desde casa.
Cuando entré me palpitaba el corazón. Era como empezar a estar con este que vos sos ahora.
Caminé entre esas tumbas cubiertas de hiedras, con extrañas cruces anglosajones manchadas de verdín.
La luz se filtraba por las ramas de algunos cipreses y castaños y había matas de flores desparramadas por el camino. Las piedrecitas de los senderos hacían ruido al pisarlas y varios pájaros se desplazaban a saltitos.
Todo estaba vacío y silencioso y unas mariposas anaranjadas revoloteaban entre las lápidas de piedra.
De pronto vi que había ángeles: decenas de piedra oscurecida en una actitud de recogimiento bordeaban la callecita principal.
Me senté en un banco verde a la sombra de una mujer alada y pensé que eso también era la muerte: silencio, sol y plantas mecidas por una brisa suave bajo el cielo azul.
Allí, vos y yo estábamos paseando.
Una plácida serenidad me invadió el pecho.
Nadie puede decirme cómo debo sanar mis heridas. Sólo yo puedo intentar los caminos que me permitan volver a la vida.
Ya nada será igual: no puede serlo. Quizá quede mi alma instalada en una melancolía suave que me lleve una y otra vez a vos.
No lo sé.
Lo único que tuve claro es que en ese sitio, en esa tarde, pude mirarme como una extranjera de mí misma y proyectarme hacia adelante con la serenidad que me dio saber que en un sitio semejante al que albergaba mis pasos vos estabas bajo el sol tibio, con pájaros saltando, tierra verde y unas sutiles mariposas naranjas de flor en flor.
Los ángeles te bordeaban la risa y en la luz de la tarde volviste a acariciarme y yo fui un instante feliz.

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