martes, 30 de marzo de 2010

Tus manos


Podrías hundirte de un solo golpe en la nada adonde van los muertos: yo me consolaría si me dejaras tus manos en herencia. Sólo tus manos subsistirían, separadas de ti, inexplicables como las de los dioses de mármol, convertidos en polvo y cal de su propia tumba. Sobrevivirían a tus propios actos, al cuerpo mío que han acariciado. Entre las cosas y tú, ya no harían de intermediarios: ellas mismas se transformarían en cosas. Inocentes de nuevo, pues tú ya no estarías para hacer de ellas tus cómplices, tristes como galgos sin dueño, desconcertadas como arcángeles a quien ningún dios da ya órdenes, tus manos reposarían en las rodillas de las tinieblas. Tus manos abiertas me habrían dejado caer como una muñeca rota. Besos esas manos que tu voluntad no aparta de las mías; acaricio la arteria azul, la columna de sangre que, antaño, incesante como el chorro de una fuente, surgía del suelo de tu corazón. Con sollozos pequeños reposo la cabeza como una niña entre esas palmas llenas de estrellas, de cruces, de precipicios de lo que fue mi destino.
Marguerite Yourcenar

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