martes, 16 de marzo de 2010

Tutores

Quienes me conocen desde siempre saben que los años 2007 y 2008 fueron túneles de oscuridad y terrible dolor para mí. No podía salir del estado de estupor y llanto, no podía trabajar, no podía pensar, no quería ver a mis amigos, no toleraba hablar más de cinco segundo con los otros y, únicamente, por teléfono... sólo lloraba y escribía compulsivamente, como lo hago siempre desde que alguien me enseñó a escribir.
En algún momento -como en todas mis situaciones de terror- , la escritura (esa que vos querías que mostrara) cumple su función y hay un deseo de salir, de volver a la vida, de lamer las heridas para que se curen y la enorme voluntad que tengo por empezar cada vez.
El año 2009 pasó feliz y suave y tuve la estúpida ilusión de que el dolor ya había firmado su recibo en mi vida. Nada más terrible que eso me podría pasar.
Mi lectura de los clásicos debería haberme enseñado que los dioses son seres celosos y castigan a los humanos que ambicionan la felicidad.

Ya no estás. Es cierto. Y quizás detrás de vos se vayan otros y otros y otros. Pero vos estás conmigo más que ayer, más que anteayer o que hace un mes porque ahora gozo de la responsabilidad de tu memoria (de la que me dejaste a mí...la de los otros no la busco porque es de ellos y tuya y yo allí no tengo nada que hacer).

Los seres que amamos son tutores (de esos de las plantas) que nos sostienen para que crezcamos. A veces, como todo tutor, nos fastidian porque querríamos crecer libres y desmadrados; otras veces nos son necesarios porque el desmadre -si es excesivo- lleva aparejado la destrucción.
Y de repente los tutores ya no están y la planta teme la tormenta porque...¿de dónde va a sostenerse?
Pero la planta aprende y se sostiene porque tiene la memoria de lo que era el tutor, recuerda su textura, recuerda su peso apenas suave, recuerda sus palabras en el cedazo perentorio del tiempo, recuerda sus manos acariciadoras protegiéndola del frío...
Recuerda porque la memoria es el sitio donde nos volvemos humanos, lo mejor que me queda después de una vida vivida. Y allí, vos y yo siempre vamos a estar juntos y siempre allí van a estar las palabras que voy a necesitar para seguir cuando todo parece terminar. .

Ayer, anteayer, hace quince días ando con la cabeza vacía y sin ojos . Dice Paul Ricoeur en su libro Le mémoire, l'histoire, l'obli:
"¿Quién nos enseñará a decantar, a clarificar la alegría del recuerdo?", decía André Bretón. La memoria feliz, contestaría yo a esta pregunta retórica y agregaría que, bajo este signo, habría que rememorar la máxima del Cantar de los Cantares: "El amor es tan fuerte como la muerte". La memoria feliz, diría yo entonces, es tan fuerte como el olvido de destrucción."

Y me quedo pensando que no es más fuerte.
Que la muerte te llevó y eso es una verdad incontrastable que se impone como otro tatuaje en mi piel.
Pero es tan fuerte el amor.
Sólo si te recuerdo, si abro mi memoria como un cántaro y me asomo a beber ,podré sentir ese temblor de pájaro en los huesos que sentía en tus brazos apretados.
No venceré a la muerte porque vos no volverás.
Pero ella tampoco podrá matar el amor que yo siento hasta que no me mate a mí.
Y entonces, estas palabras, que algunos leen con alegría, quedarán en papeles y durarán.

1 comentario:

Agust dijo...

No deja de conmoverme el respeto tan grande, la admiracion tan sin límites y el amor tan eterno.

Sos enorme, Julieta. Y muchísimo más fuerte de lo que cualquiera de nosotros hubiese imaginado cuando, sin sabes que decir, te pedíamos estúpidamente que tuvieras fuerzas!

Unos besos

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