sábado, 20 de marzo de 2010

Una estación


Quiero buscar tu espalda con mis dedos
para trazar caminos por los millares de células que se mueren,
para que por senderos de yemas vos te escapes entre la tierra y vengas.
No hay sensación más triste que morirte,
perderte todo en manos del silencio,
quedar como un cántaro roto... y el agua allá, perdida...
No era necesaria tanta tierra,
tamaña corrupción sobre la carne,
semejante vacío para apagar mi sangre.
Mis ojos se atormentan de silencio
y me arrodillo para sentir la imperceptible ruta por donde va tu muerte
y sacudir la tierra hasta que dé contigo.
Quedaron las palabras, huérfanas y terribles sin que nadie las diga.
Mi boca va perdiendo lentamente la lengua
y la ropa colgada se estremece en el viento.
Que alguien me explique
qué debo hacer para que todo siga como era,
qué debo hacer para no haya cuerpo que se pudra de insectos en el fondo del magma,
qué debo hacer para que duermas otra vez a mi lado
y mis tacones y mi vestido no se mueran los dos de tristeza y desgarro,
qué debo hacer para comer, para dormir, para salir y ver la luz,
qué debo hacer para evitar la falta que me hace tu cuerpo,
qué debo hacer para que el día pase y sea otro y otro y otro
y no queden los mapas tirados sobre el piso.
Quiero gritar a gritos más fuertes todavía
que vos dejaste a todos y a todos les dejaste con quién penar;
pero a mí, no fue justo, me dejaste doblemente vacía: me diste a mí tu muerte y me arrancaste también tu compañía.
Que trampa más terrible me tendiste: presa de tus palabras, llena de tus historias y nadie que me oiga ovillado a mi lado.
La pena es una mancha inconsolable.
Voy como sombra estéril por los cuartos,
te llamo y sólo queda el eco como otra voz que brama en soledad y muerta.
Nadie responde
y tu muerte me invade,
llena el revés amargo de mis ojos
y mis pupilas sólo ven recuerdos diluidos y rotos.
Si al menos me hubieras avisado, yo habría preparado un cortejo de hadas, de ángeles; una caravana de carrozas de porcelana y en corceles de plata yo te habría llevado por una avenida ancha de álamos erguidos y de viento...
pero elegiste morirte así, de pronto, sin dar aviso
y el puñado de tierra que te tiene, que te tapa y te hunde
es sólo tierra negra e insectos y un par de piedras por donde empuja tu corazón sediento la luz de las semillas.
Dónde te busco ahora,
en qué camino espero que pases a mirarme y a decirme qué debo hacer para volver al suelo.
Una estación de vías olvidadas donde llueve: eso es mi vida ahora
y una negra maleta donde llevo tu boca para que no deje de hablarme todavía.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ay, Julieta, que no daría yo por consolarte...
pero nada podría remplazar lo que perdiste que fue a tu hombre y a la vez el amor que los dos alimentaban a paladas.
Desde este rincón de Alemania vaya mi abrazo a ti
y el egoísta placer de leer tanta belleza que te nace de tanta pena.
José Emilio R.
Freiberg
Deutschland

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