miércoles, 14 de abril de 2010

Cuerpo, corazón y alma


Yo te sembré primero en mi deseo y acudiste a hundirte en mí como si fueras tierra fértil.
Una noche despertaste el aroma del alba y me creció una enredadera cubriéndome el corazón.
Quise quitarte varias veces; decir que te marcharas; que, a esta altura, yo no necesitaba ni lluvias ni caricias y vos me desoíste, terco seguiste en mí hasta ocupar mi alma que temblaba asustada.
La hiciste toda tuya -independientemente de dónde pudiera localizarse, escribiste en octubre, yo penetro en tu alma como si hubiera sido siempre mía- y la llenaste de voces como si allí hubiera habido un desierto de verbos masculinos que vos debías habitar.
Te oí como jamás a nadie, como quien bebe agua después de una gran sed. Me entregué, finalmente, a lo ineludible con la pasión del miedoso que deja de temer.
Y entonces me llenaste de secretos, diste vuelta tu alma completa sobre mí.
Yo tomé tus temores y los abrigué como si fuera invierno, sembré tus alegrías para que dieran frutos, recuperé la ilusión de tus años primeros y alumbré tu deseo como si no hubieras entregado la llave de su secreto a nadie más.
Vos hablaste de casa, de hijos, de proyectos. Yo, más prudente, pregunté qué íbamos a cenar. Bailábamos debajo de los tilos, andábamos por la orilla del mar, supimos que la vida que elegíamos cabía en la luz que guardaban los cuerpos y en las palabras que nos regalábamos como si fueran piedras brillantes en nuestra historia.
Después vos te moriste y yo no sé qué hacer con tu imposible ausencia porque mi alma todavía te guarda, mi corazón sigue cubierto por tus hiedras frondosas y mi cuerpo persiste en su deseo como si estuvieras cada noche a punto de regresar.

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