martes, 6 de abril de 2010

Diálogo con la muerte

BRUNANBURH, 937 A. D. (Habla la muerte)

Nadie a tu lado.
Es ancho y largo el lado que vaciaste.
Anoche maté a un hombre en la batalla.
Me lo robaste como se saca algo sin que nadie lo vea y ya no queda nada.
Era animoso y alto, de la clara estirpe de Anlaf.
Era el más bello hombre: aquel en quien mis palabras tenían un eco infinito y profuso, mi risa un amparo y mi alma, un reino.
La espada entró en el pecho, un poco a la izquierda.
Y mojaste con sangre el regazo florido de mi falda y no cesaba de correr esa vida hacia tu nada que es oscura y eterna.
Rodó por tierra y fue una cosa,
una cosa del cuervo.
No pudieron asirlo los jóvenes ojos de la médica porque lo hiciste caer en una pendiente repentina que nadie había mirado todavía.
En vano lo esperarás, mujer que no he visto.
En vano, que vuelvan sus claras manos tibias.
No lo traerán las naves que huyeron
sobre el agua amarilla.
Ni vuelve con el agua, ni vuelve con el fuego, ni vuelve con el aire porque tu tierra lo oprime para que no me vea, para que quede lejos enredado en tus huesos.
En la hora del alba,
tu mano desde el sueño lo buscará.
Y no hallará su carne, su piel, su misteriosa boca que tiene mis secretos.
Tu lecho está frío.
Llanura pretérita y helada en la que todos abandonaron los poblados del sueño y se marcharon lejos.
Anoche maté a un hombre en Brunanburh.
y mi hombre en Buenos Aires.

Jorge Luis Borges

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