sábado, 10 de abril de 2010

El ancho mundo que me diste

El sábado se acaba como otro día más. Las horas son piedritas que fui amontonando para parar el viento. Si pudieras verme, Levin, percibirías mis ojos cansados y me mandarías a dormir con una taza de sopa caliente. Al rato vendrías a leerme y yo me adormecería con la cabeza en tu pecho mientras los pájaros que habitaban nuestras casas se pararían para meter la cabeza bajo el ala hasta que, otra vez, saliera el sol. Pero ahora, en esta alta pila de piedras que ha terminado siendo este sábado, nadie me mandó ni una vez a dormir. Miro tus fotos, Mariano, repaso tus dibujos, leo tus cartas y trato de sentir el roce perdido de tus labios en mi boca. En un cántaro de agua fresca suenan tus huesos como si fueran músiquita para mí. Sin embargo, no hay más que eso: puras imaginerías que transcurren en el territorio de lo que ya no es. De todas las cosas con que inundaste mi alma extraño la tibieza de dormir entre tus brazos hasta el amanecer. No fuiste generoso conmigo: me diste un mundo anchísimo y pronto una muerte que se lo llevó.

No hay comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...