viernes, 2 de abril de 2010

El pueblo de tu pecho


En el comienzo de la tarde se enredan las palabras una con otra mientras intento poner orden en mi cabeza para que el mundo funcione y pueda hacer las tareas que debo. Pero venís vos con tu palita chiquita de muerto a cavar un pocito en tu pecho y vas sacando estrellas, pececitos violetas, hojitas secas de colores dorados, bichitos de luz con grandes ojos verdes y una estela de cosas que estaba adentro de tu sangre y yo no había visto.
Ya no puedo moverme de mi silla, porque me vas rodeando y el trabajo se olvida mirando los vidrios de colores, los tazones de sopa, los fósiles, los dulces, las palabras secretas. Queda mucho en tu pecho para tu palita de muerto que se extasía ante mis ojos que miran deslumbrados lo que vas alineando alrededor de mi silla como si fuera un pueblo con sus calles, con su casita tibia donde la familia que íbamos a tener está haciendo a esta hora la comida.
La casa es pequeñita y está iluminada por una luz amarilla. Tiene olor a torta de manzana, a lana de ovejitas, a libro escritos con lápices de colores, a sillas donde la gente se sienta para ser abrazada en silencio, a panes que se cuecen en un horno. Y, cuando miro arriba, el sol es una flor naranja que me trae la canción que cantabas en mi orejita triste porque ahora te fuiste y ya nadie conoce la música secreta que me diste.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ay, Juliiii, cuánto te quiero.
Anette

Julieta Pinasco dijo...

Moi aussi, Anette.
Bisous.

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