miércoles, 28 de abril de 2010

Herencia


Otro mes ha pasado: dos desde entonces.
La vida se ha tornado diferente.
Me veo como si fuera otra: extranjera de todo y de todos.
Hay una parte mía que se levanta, que se viste, que sale a trabrajar y regresa y otra que se extrema hasta el agotamiento por producir, por no dejarse morir.
Hoy pensaba que tus palabras, aquellas de la reja que pintábamos en enero en San Bernardo, se han hecho carne en mí y fulguran.
Yo sé lo que dijiste y recién ahora percibo cuán obediente soy con ello.
Es una misión sagrada la que vos me dejaste: la cumplo con paciencia y en ella me sostengo.
Todo dará sus frutos, Mariano, porque así debe ser, porque debía haberlo sido hace miles de años.
Sòlo quiero que sepas que no puedo dejar de pensarlo y que lo hago con obediencia y pasión de militante como todo lo nuestro.
Tu muerte me ha vaciado y ha llenado mi alma, mis dedos y mi boca.
Esa ha sido la herencia que me diste aquel día: la conservo y la nutro porque ella te nombra como mi misma sangre: siempre y en todos los instantes.

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