jueves, 22 de abril de 2010

Las puertas de su sangre

Te moriste con las puertas abiertas
y por ellas tu sangre se fue cayendo suelta como una ola blanca que no tenía fin.
Te moriste con un candado abierto y una llave perdida:
en el más hondo y brutal de los silencios.
Después los otros inundaron el aire
y yo me quedé en un rincón mientras pensaba en tus ojos de agua.
Vos te moriste y el hecho no tiene explicación que calme mi agonía:
no puedo comprender para qué están colgados todavía mis vestidos de colores ni para que me baño cada día ni cómo sigo hablando a los otros ni para qué desnudo mi breve cuerpo cada noche.
Vos te moriste con tu sangre poquita y apagada
y me decías en secreto en la oreja que te salvara.
Nadie puede salvarnos, Mariano, ni siquiera el amor que es un escudo verde de hojas y de raíces.
Cuando viene la muerte no hacemos otra cosa que morirnos.
Y no hay llave que trabe la salida.
Querría que volvieras: los ángeles me rondan sin tocarme.

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