domingo, 4 de abril de 2010

Le pauvre petit chat appelé Moulinsart Levin


Cuando entré en tu casa, nomás atravesar el zaguán, se lo oía maullar.
¿Qué? ¿Hay un gato?
"¡Sí!", exclamaste resignado y frotándote la nariz, "¿A vos te parece que yo tenga un gato? ¡Ya me dio alergia y no puedo parar de estornudar!"
No exagerés. Cuando venís a mi casa, mi gato no te da alergia...¿por qué este sí?
"Porque el tuyo es un gato civilizado y no una bestia que no para de maullar como esta."
Los gatos maúllan por definición. Y el mío no es que sea civilizado...¡te ignora cada vez que venís a perturbar su estatus de dueño del territorio!
"Bueno, como sea, este gato no deja de maullar."
¿Dónde está?, pregunté preocupada ya por los alaridos del pobre animal.
"Ahí", me dijiste señalando un enorme ambiente que tenías deshabitado, "La bestia está ahí."
Abrí la puerta, dispuesta a que el león de la Metro saltara y me encontré con un gatito negro y blanco de apenas veinte centímetros, flaco y con grandes orejas, que corrió a ocultarse detrás de unas bolsas.
¡La bestia sos vos!, grité, ¿Cómo tenés a esta misérrima criatura encerrada acá?
"Ah, claro, ya llegó la Rigoberta Menchú de los animales."
¿Cómo se llama?
"Los habitantes esporádicos de esta casa le pusieron Moulinsart. Y ni siquiera pronuncian su nombre en francés. Se empeñan en decir 'Moulin' y no 'Mulán'. Ni para nombre da este gato...¡Moulinsart!"
¡Como el castillo del Capitán Haddock, el de Tin Tin!
"C'est vrai.", suspiraste viéndome salir del cuarto con el gatito en brazos, "¿Qué, lo vas a liberar?"
Por supuesto...¿o a vos te gustaría pasarte la vida en un ostracismo habitativo?
El gatito se dejaba acariciar y ronroneaba.
"Lo único que me falta: tener que pelear mi espacio personal con un felino escuálido cuyos derechos defiende Rigoberta. Dejá de sobarlo que me pongo celoso. No sabía que te gustaban los animales.
Aborrezco a los animales, pero los gatos no son animales. ¡Son gatos!
"Y los perros son perros...¡por favor!"

El día continuó con Moulinsart libre por la casa, trepándose al tilo y durmiendo debajo de nuestra cama.
Cada vez que te lo tropezabas gruñías:
"¿Ves? A cada segundo se toma más libertades... nada que hacer, le das el pasillo y ya está en tu sillón."
Días después, munido de toses varias que atribuías al pobre Moulinsart, te fuiste a Bahía Blanca.
Y yo te envié un video del gato Silvestre y te escribí:
Che, mirá cómo sufre el pobre Silvestre, que viene a ser una especie de Raskolnikov en Crimen y castigo. ¿No te da tres segundos de culpa por un pauvre petit chat appelé Moulinsart Levin?
Alors.........................
Tu dois aimer Moulinsart Levín...Oui, tu DOIS...!
Il est un pauvre petit chat ... qui ne mange pas d'aubergines!!!!!!
¿No será que la tos te la envía el dios de los gatos en venganza por tu odio a la pobre criaturita?
Yo que vos ya mismo hago unos ritos propiciatorios para ganarme su simpatía.
Dicen que la libación de aceites de pescados azules y el esparcimiento de alimento balanceado surte efecto inmediato...
Me contestaste:
"Me parece que empieza a caerme simpático porque lo llamaste Moulinsart Levin."
Y el gatito, lentamente, comenzó a ganar su territorio, es decir, salió de abajo de la cama y durmió en el colchón.
Pero una noche de asado y ventana abierta, trepó del tilo al techo y se fugó.
Me llamaste desconsolado para contarme que lo habían estado buscando toda la noche y la mañana sin que hubiera noticias de su paradero final.
Estabas apenado y traté de consolarte:
Pensemos que Moulinsart Levín se fue a buscar una linda gatita con quien pasar el Año Nuevo y que, terminado el festejo, regresará porque los gatos, por definición, son regreseros.
Y si eso no sucede será porque decidieron andar juntos por la vida gatuna y ser felices comiendo CatChow.
Igualmente, a mí, me daría algo de tristeza que prefiriera a una chirusita cualunque que pasó por ahí, en vez de vuestra incomparable compañía levinesca.

Moulinsart nunca regresó.
Se lo llevó el recién estrenado 2010 que comenzó arrasando con todo lo que debía permanecer.
Varias veces, desayunando bajo el tilo, salíamos corriendo al techo porque creíamos oír sus maullidos y nos pasábamos horas gritando su nombre sin poder verlo.
Después, dejamos de oírlo y no lo buscamos más.
De él y sus escaladas por el tilo hay unas pocas fotos que tengo en mi poder.
El colchón quedó lleno de pulgas que te devoraban sólo a vos y tuvimos que rociarlo con insecticida, lo mismo que al sillón.
Todavía pienso que, como vos, algún día Moulinsart Levin va a volver a aparecer.

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