lunes, 12 de abril de 2010

Lo que de verdad importa



En el otoño pasado comimos una tarde en mi terraza. Estaba fresco y yo había subido las fuentes mientras vos abrías una botella de vino. Te gustaban mis plantas y me decías que yo debía tener pulgares verdes porque era cosa de cuento un olivo que diera aceitunas en maceta. Mis paredes estaban cubiertas de enredaderas, el ceibo en flor y el ciruelo ya había dado sus últimas ciruelas del verano. Las Santa Ritas explotaban de púrpura y la rosa china se mezclaba con un jazmín enredado en ella. Habíamos puesto música y nos contábamos esas cosas que se cuentan las personas y que son casi secretas. Parque Chas estaba silencioso y se oían unos lejanos pájaros en el jardín de al lado. Yo había hecho pan esa mañana y vos habías traído unos quesos que ponías en rodajas para que yo comiera. Al rato me dijiste que te sentías bien en mi casa. Yo dije una obviedad del estilo, es una casa cómoda. "No", dijiste, "es una casa." No te entendí. "Acá estás toda vos: tu ropero pintado con un inmenso sol, tus vidrios de color en las ventanas, tu baño con el techo lleno de mariposas de colores, el olor a pan del horno, tus palabras que nombran las cosas que de verdad importan. ¿Cuándo pensé que podía con todo y perdí así mi rumbo?" Se te llenaron de lágrimas los ojos. Te abracé y me dijiste que te ayudara. Después pasó el año y fuimos construyendo la idea de un futuro que tenía roperos de colores, vidrios y peces en el pasto, miles de cientos de millones de palabras; panes, mermeladas; canciones, bailes, viajes y el sueño de una casa amarilla cerca del mar donde íbamos a ver caer el sol escribiendo eso que vos decías que era importante. No pudo ser, Levin, porque te fuiste sin decirme siquiera que ibas a morirte para siempre. Ese sábado, tu voz en el teléfono fue la última vez; después vino la muerte y se llevó los sueños a la par de tu cuerpo. Mi alma sigue enredada en casas amarillas, en orillas de mares, en escrituras varias. A menudo siento tu voz nombrándome y creo que tus labios me bordean la nuca. Te busco cuando voy por la calle, te espero inútilmente en el borde de mis sábanas blancas. Me atrapa una tristeza infinita y azul como una mansa niebla que cae sobre mi alma. Hoy subí a la terraza: quité la enredadera que se quedó pegada; pero seca. Dicen que el mundo sigue: no me doy cuenta.

1 comentario:

Romina dijo...

Juli, Es hermoso lo que escribiste, pero mas hermoso aun es saber que lo sentiste. Aunque se que nada te va a consolar en este momento y no quiero faltarte de respeto tratando de hacerlo. Solo quería decirte que aunque no este y lamentablemente no lo conocí, es evidente que te dejo mucho, y mucho mas de lo que dan algunos estando en vida.
Un beso enorme
Romy

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