martes, 6 de abril de 2010

Los pájaros y yo


El día era cristales adentro de una caja.
Iban subiendo las horas hacia una aurora que traía los dedos todos negros.
Me asomé a la puerta del cuarto
y una enfermera hizo un gesto para que yo ingresara.
¿Dónde iba a entrar yo en ese espacio frío
si sólo estabas vos, dormido y esperando la muerte;
si sólo estaba el fin teñido de lamentos?
Tu sangre, tu honda sangre mía, era una ola blanca y no tenía llaves para cerrar el río de vida que fluía hacia el suelo.
Después, cuando el día intentaba cumplir con su destino de fines de febrero, la médica lo dijo.
Menos de doce horas que le llevó a la muerte convencer a tu cuerpo.
Yo me quedé apoyada contra esa pared, inmóvil, sin poder entender qué había sucedido.
La médica acarició mis manos: Cuánto lo siento, dijo.
Pero yo no creí, entonces... cómo que estabas muerto si había tantas cosas que estaban inconclusas.
¿Quién comería ahora el pastel de manzanas y azúcar negra que estaba en la heladera?
¿Quién me diría mis nombres secretísimos?
¿Quién sembraría los girasoles en cientos de macetas?
¿Quién pintaría puertos donde llegar a fuerza de canciones y besos?
Abrí la caja del día 28, pero hasta la esperanza se había amortajado.
Te miré entonces: tenías el rostro sereno del que se ha entregado a su destino: una página de diario te informaba; pero lo que yo tuve, lo que de vos me diste, no estaba en ningún matutino. Es mío, sólo mío y habita en la caja repleta de cristales que yo llevo en el pecho.
La Muerte que llegó atrapó tu perdurable rostro de mármol, pero no tiene nada.
Yo poseo una casa amarilla y caliente y, si no abro la puerta, nadie ingresará a ver cómo reías cuando estábamos juntos.
Allí los pajaritos comen las migas del dolor y cantan seguros sobre mis brazos flacos.
Ellos y yo sabemos qué color tuvo tu abrazo en la penumbra luminosa del cuarto.
Ellos y yo sabemos la fiesta de palabras que titilan escritas.
Ellos y yo sabemos cómo te habías rendido a la inefable ritualidad del cuerpo.
Los pajaritos vuelan y regresan al alba a dormir en el hueco feliz de mi memoria.

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