domingo, 11 de abril de 2010

Mariano Levin: no permitas que sea yo.


No permitas que sea yo quien tome el trozo de mármol y grabe en él tu imagen como si fuera un cuerpo fosilizado para el tiempo.
No permitas que sea yo quien diga cómo eras de una vez para siempre tallándote una máscara que permanezca inalterable sobre tu rostro.
Para que sigas vivo en mí tengo que protegerte como el río de Heráclito: siempre distinto, siempre incompleto, siempre repleto de cambiantes matices.
La esencia de la vida es movimiento y yo te quiero vivo todavía.
Lo que se queda inmóvil pierde calor y forma y se fija a la roca.
Quiero que seas piedra que se transforme en arena infinita que baile con el viento.
Quiero que seas agua y humedezcas la tierra de los campos lejanos.
Quiero que seas fuego y conviertas los troncos en calor en invierno.
Quiero que seas las miles de personas que vos fuiste y que nadie posea la llave para abrirte y colgar tu retrato para siempre.
Los imposibles rótulos olvidan el gesto que vos mismo gritabas que te estaba faltando.
Ni yo puedo decirte sin que carezcas de algo y tengo tus palabras más íntimas y últimas que guardo, por prudencia y respeto, como si fueran fragmentos de vidrio incandescente en la tormenta.
El río siempre corre y no lo alcanza a detener la mano de ninguno.
Sé río para mí y para todos.
Escapa.
Que no te atrapen los papeles sellados donde no hay nada que sea tuyo.
La memoria es un cántaro que cada uno llena y nunca se completa.
Que no caiga yo en la tentación de creer que sos este que digo porque estaré traicionando tu grandeza y amputando los rostros que fuiste para otros.
Nadie conoce completo a un individuo.
Somos los sucesivos cuerpos que mutan hasta que acaece la muerte y borra los contrastes y cancela con su luz cegadora el alud de perfumes que componen la vida.
No seré yo quien diga cómo eras porque ese es un saber del que sé que carezco.
Lo que era mío, lo que vos me entregaste, ese fragmento efímero de tu proteica sabia que confiaste en que amara es tan sólo un instante que se agita en ese sitio que llamabas mi alma y que vos penetrabas para habitar con tu boca de hombre.
El resto me es ajeno; pero es también fragmento.
Que no fosilicemos tu esperanza.
Que no sea yo quien traicione tu verbo tan privado y elija lo que vos no querías, lo que te sacudías como si fuera un manto.

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