domingo, 4 de abril de 2010

Febrero era el mes más cruel

Me pregunto cómo se hace para evitar pensarte, para que no te trepes a mi memoria con tus pasos chiquitos y dejes de soplarme palabritas como brisas de pájaros en el oído, para que no me suenes como las migas de un pan que cruje y me llenes de burbujas la sangre.
Me digo a cada hora que ya basta, que la tristeza tiene que atemperarse y vos venís con una carta nueva que me habías escrito y que estaba guardada en el fondo de un bolsillo adonde no volví y salta ahora explotando en mis manos con tu cara de luna empalidecida por el mes que ya tenés de irte, de estar viajando lejos. Y yo no puedo agitar mi pañuelo bordado porque lo cosí para guardar las lavandas que trajimos y que puse debajo de la piedra roja que me diste en el mar. Y están los dos, el pañuelo y tu piedra, junto a la foto en donde te reís y me seguís mirando.
No se puede, Mariano, no se puede pensar en tanta destemplanza, en que venga el invierno y esta vez tome sola la sopa, en que debajo de las mantas no estés para abrazarme, en que yo cumpla años y vos no puedas festejarlo.
Me repito que la herida se cierra pero sigue sangrando.
Qué injusticia la muerte, digo. Como si hubiera palabras que repararan tamaña desventura.
A veces yo quisiera quedarme detenida en enero y que los futuros febreros fueran echados de todo calendario por crueles, por meses despiadados.
Pero llegan tus cartas llenas de dibujitos, los amuletos de don Leguizamón que no sirvieron mucho, tu palabra de lápiz ya sin punta y pienso que cómo hago si no puedo olvidarme de todo lo que me decías mientras yo te escuchaba en silencio aterrado.
Ojalá volvieras a mi casa, me tocaras el timbre y sembraras mi carne de estrellas y futuros para siempre.

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