martes, 13 de abril de 2010

Proteo, Mariano Levin y los últimos recuerdos


En la mitología griega, Proteo es un antiguo dios del mar. Podía predecir el futuro, aunque, para evitar hacerlo, cambiaba constantemente de forma, contestando sólo a quien era capaz de atraparlo. Dice Homero que su hogar estaba situado en la isla de Faros, frente al delta del Nilo. En la Odisea, es Menelao, rey de Esparta, quien le cuenta a Telémaco que, de regreso de la guerra, se había detenido en Faros. Con la ayuda de Eidotea, hija de Proteo, había conseguido capturar al dios, a pesar de que este había mutado en león, serpiente, leopardo, cerdo, agua y árbol. Así, el esposo de Helena logra saber que su hermano Agamenón había sido asesinado en Argos y que Odiseo, padre de Telémaco, no estaba muerto sino varado en la isla de Ogigia, retenido por la ninfa Calipso quien le había ofrecido la inmortalidad a cambio de su permanencia.
De alguna forma todos somos Proteos. Nadie posee una única forma e incurre en error quien pretenda encerrar en una línea la sustancia infinita de la especie.
Yo no seré quién diga cómo eras: tantos rostros se conjugaban en vos como fractales de sutil complejidad. Mis palabras son mías solamente: una etiqueta vana, un signo cuyo valor entra en contacto con todos los demás, un verbo en el devenir multiforme de una frase , un texto cuyas páginas enteras no me es dado leer.
De todas tus maneras yo tuve sólo una: la que vos elegiste darme a mí.
De todas mis maneras tuviste sólo una: la que elegí darte yo a vos:
La conjunción nació irrepetible; pero anclada en tus antes y mis antes que son tierras que jamás podremos conocer: vos, yo, todos seguimos siendo esos aunque tengamos sólo esto que nos supimos ofrecer.
Serás Summa cum Laude en algunos papeles y diplomas; algunas te pensarán como el hombre que ellas conocieron y quisieron, el que vos les dejaste poseer; serás padre, hermano, amigo. maestro. Yo me quedo con el que se ovillaba en mi cuerpo y me abrazaba, con el último que hablaba de una casa en el mar. Este Mariano Levin ni siquiera es mío, como nadie es de nadie jamás.
Los dos tuvimos la dicha de querernos, como pudimos, como quisimos, como supimos. Tus palabras, las que yo tengo escritas, no invalidan tus otras tan exactas. Yo prefiero quedarme en tu recuerdo: en la inexactitud de los dolores, de cada una de las inmensas alegrías, en el repaso certero de tu vida que hacías conmigo cada día, en los fragmentos que decías querer recuperar. Yo me quedo con todos los poemas que escribiste para que yo leyera y te creyera capaz de remontarte en el cielo de aquel pasado juvenil y perdido. Yo me quedo con tus dibujos de muñequitos pura cabeza y pies, con tu cuerpo de textura infinita, con tus últimos besos, tus últimas historias, tus últimos recuerdos, tus últimas miradas. Yo me quedo con tus últimos meses. No quiero nada más.

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