domingo, 4 de abril de 2010

Rossignol en Sefarad


No hay historia que me conmueva más que la de la expulsión de los judíos de España en 1492.
Vuelvo a ella con la obsesión de quien busca allí algo que va más allá del placer por la literatura medieval española.
Sefarad es, para mí, la nostalgia de la patria conservada en el habla: abandonando tierra, pertenencias, amigos y familiares, esos judíos expulsados se llevaron lo único que los vinculaba con su historia: su lengua.
Del judaísmo me conmueve su pasión por la inteligencia, su resistencia a la persecución milenaria, su diáspora, su invocación de la vida por sobre la muerte, su misión solidaria, su amor por el Libro como portador de una verdad.
En esos valores, vistos desde una posición desprendida de Dios, fui criada por dos padres ateos que nunca me aportaron ninguna creencia que no fuera el materialismo, la dialéctica, la pasión y la disponibilidad a hacerse cargo de las necesidades de los demás.
Parte de mi familia paterna procede del sur de España: Osuna, Sevilla, Algeciras y Cadiz vieron nacer a mis tatarabuelos que confluyeron en Jerez de la Frontera donde mis bisabuelos contrajeron matrimonio y nació mi abuela que emigró a Buenos Aires a comienzos del siglo pasado.
Recuerdo que, a la vera de la ruta, mientras esperábamos que llegara la grúa que acarrearía el auto que se negaba a andar, este febrero de 2010, me hiciste recitar una y otra vez esos apellidos, seguro de que alguno guardaba, en su interior, un secreto de conversión. Era ya como la décima vez en que vos insistías en esta historia.
"No puede ser que te hayas enredado siempre y tanto con hombres judíos.", decías, "En mi vida he visto un ejercicio de amor semita como el tuyo. Algo debe haber..."
Ayer, leía yo, en un libro de historia española medieval, una serie de apellidos sacados de listas de penitenciados por el Santo Oficio y de los censos de las juderías que indican claramente que la persona portadora es judía o judeoconversa.
Busqué en la "B" pero no figuraba Becerra; en la "G" tampoco aparecía Govantes ni en la "M", Miciano.
Solito, allá en la "R", brillaba un Rossiñol, ese que vos, desde el comienzo, habías dicho: "Ese es judío."
Ese y sus variantes, Rossinyol y Rossignol, me colocaron, ahora sí, en la ruta de Sefard de la mano de mi bisabuelo Manuel Miciano Rossignol.
Al final, Levin, tenías razón: no podía ser semejante ejercicio de amor semita como el mío.

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