miércoles, 28 de abril de 2010

Sesenta

Durante sesenta días te he llevado y te llevo como una boca en medio de mi boca.
Tenemos todavía muchas copsas que perduran y tienen la contudente materia de los sueños.
Quizá si nuestros bienes compartidos hubieran sido casas o dinero ya se habrían disuelto como polvo en el aire,
pero tuvimos palabras y caricias y tazas de té y música y bailes y cientos de colores y abrazos que perduran como piedras, inamovibles, únicos.
Y vos, con tu pena de muerto, te acostás en la tarde en el sitio en que duermo -que era tu lado de la cama- y cuando llega la noche el lugar está tibio, esponjoso, abrigado.
Los días se suceden: en ciertas ocasiones asemejan montañas y en otras son planicies para dejar que mi cuerpo resbale.
Cuando comience mayo no iremos a París, pero el día que vuelva será contigo anudado en los ojos como mi propia vista.
La muerte es una estúpida costumbre que debería ser erradicada del calendario de la gente que se ama.

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