domingo, 11 de abril de 2010

Té para dos

Tomábamos té, mucho té. De todos los colores, de todos los aromas, de todos los sabores. Nos deleitábamos con una taza después de la cena, generalmente yo sentada sobre tu regazo y oyendo música en la penumbra.
Cuando viajé a París, en julio pasado, me dijiste que buscara unas tazas que tenían un bolsillo en el cuerpo para dejar el saquito usado. Las habías visto la última vez que habías estado y pensaste que sería lindo tener un par.
Te aclaré que París es una ciudad laberíntica y que fueras más preciso en el dato. Me dijiste que no sabías con precisión, que era entre el Sena y la casa de alguien que no me podías precisar dónde quedaba. Me recorrí la rive droite, la rive gauche, el barrio de Saint-Paul, la calle de tu casa parisina y no di con las tazas.
En compensación pasé por Mariage Frères en el 30 de la rue du Bourg-Tibourg y compré por una buena cantidad de euros una caja de té blanco. El empleado me contó una historia que te encantó: hacía mucho siglos había habido en Ceylán un emperador enamorado del té blanco porque era de cuerpo ligero y frágiles hojas. Para conservar su delicadeza natural, el monarca hacía que sus más suaves hebras fueran recolectadas por muchachas al alba con tijeras de oro.
Un mes después de ese viaje, al regresar vos de Brasil, yo partí unos días a la Patagonia y, deambulando por las calles de una ciudad al pie de unos lagos, di con una taza de cerámica color grisácea que tenía un colador que se ajustaba en su abertura para colocar las hebras de nuestro té blanco y una tapa para mantener el calor mientras el líquido caliente hacía su tarea de desenhebrador de infusiones.
La taza venía en una caja cubo amarilla alrededor de la que te escribí como en una espiral: Este objeto es una síntesis. Tiene el color de un amanecer a punto de nevar, la textura suave de una piedra pulida por el lago y la superficie rugosa de una roca cortada por el viento, puede albergar la tibieza del agua de un torrente con hebras de perfume. Pero, por sobre todas las cosas, este objeto supe, de entrada, que era para vos y me puse feliz.
Ojalá que quien ahora sea dueño de esa taza sepa cuidarla y beba en ella el té blanco cortado con tijeras de oro que tanta alegría nos daba al anochecer.

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