viernes, 9 de abril de 2010

Tejido

Tejo y destejo como si fuera Penélope.
Dicen los aedas que la espera es el signo de la femeneidad.
Los hilos trazan figuras que no alcanzo a comprender, pero se mueven con vida que les es propia usando mi mano sólo para alcanzar la consistencia de la imagen en su intrincado ir y venir.
Algunos dibujos tienen una colorida oscuridad y me son ajenos; aunque, en algún lugar, reside su sustancia como una roca negra que hace de lastre a mi corazón: apenas logro a ver, entre ellas, tu rostro aquella madrugada de febrero y la luz blanca que llaga las pupilas y no permite el contraste que es la marca distintiva de la vida. Comprendo entonces que de eso se trata estar muerto: una luz cegadora que borra recovecos, que hace liso lo irregular, que revela los secretos, que anula los recodos y expone todo bajo su claridad irremediable.
Otros traen el recuerdo de mañanas marinas, de cafés bajo el tilo, de cuartos en penumbras, de abrazos en los que no cabía ni una hoja de papel. Tienen rastros de libros, de besos infinitos, de escritos en papeles, de fotos, de dibujos, de lluvia empapándonos los cuerpos, de platos y galletas con pasas , de viento, de desiertos, de fósiles y risas. Tienen las cosas que perdías todo el tiempo y las que yo tenía que encontrar, un calendario de dibujos que debe estar perdido, mapas de sitios imposibles, historias, tu novela que nadie ya escribirá y la que yo escribí y tiene tus palabras con lápiz grueso como una guarda alrededor. Tienen todas las palabras de nuestras cartas, nuestros escritos, tus dibujos pura cabeza y patas y el cuerpo que decías yo estaba haciéndote encontrar.
Yo soy Penélope en el telar y tejo para que el tiempo se detenga, la vida se serene aunque ningún regreso espera al borde de mi Ítaca: Odiseo ha muerto en una guerra antigua y sólo me queda el tejido que me permite respirar.

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