jueves, 22 de abril de 2010

Una foto de Mariano Levin en boca de Roland Barthes


Mariano Levin
Bahía Bustamante, Chubut, Argentina
Febrero de 2010

¿Qué es lo que va a abolirse con esa foto que amarillea, se descolora, se borra, y que será echada un día a la basura, si no por mí mismo -soy demasiado supersticioso para ello-, pero por lo menos a mi muerte? No tan sólo la vida (esto estuvo vivo, fue puesto vivo ante el objetivo), sino también, a veces, -cómo decirlo-, el amor...
Cuando yo ya no esté aquí, nadie podrá testimoniar sobre aquel amor: no quedará más que la indiferente Naturaleza. Hay en ello una aflicción tan penetrante, tan intolerable, que Michelet, solo frente a su siglo, concibió la Historia como una protesta de amor: perpetuar no tan sólo la vida, sino lo que él llamaba en su vocabulario, hoy pasado de moda, Bien, Justicia, Unidad, etc...
Si una foto me gusta, si me trastorna, me entretengo contemplándola. ¿Qué hago durante todo el tiempo que permanezco ahí, ante ella? La miro, la escruto, como si quisiera saber más sobre la foto o la persona que la foto representa.
La fotografía no dice (forzosamente) lo que ya no es, sino tan sólo y sin duda alguna lo que ha sido. Tal sutileza es decisiva.
“La cámara Lúcida” Roland Barthes

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