domingo, 16 de mayo de 2010

Bicentenario


Comodoro Rivadavia, Chubut
Argentina
Enero 2010


Desde que era muy chica la Revolución de Mayo tuvo un significado muy preciso en mi vida porque lo había tenido en la de mis padres. Mi hermano se llama Mariano en homenaje a Moreno y mi padre era un admirador incondicional de Juan José Castelli, de manera tal que siempre vi aquel hecho histórico como algo próximo a mi corazón y digno de ser recordado desde la emoción de una utopía que había alumbrado a un grupo de hombres que se supieron llamados a darle otro destino a lo que todavía no era ni siquiera una patria.
No sé demasiadas cosas sobre causas o consecuencias de esos hechos, no más que las que sabe el común de la gente; pero siempre me emociona pensar en los seres humanos como capaces de soñar y, sobre todo, de hacer para que esos sueños sean reales. Hombres de pensamiento y de acción a los que los vientos de la Revolución francesa les habían cambiado la cabeza y que salieron a construir un mundo mejor para ellos y para quienes los rodeaban.
De los relatos de mi padre me queda la imagen de un grupo de intelectuales jóvenes y algo ciegos en su pasión renovadora, capaces de hacer tabla rasa con todo lo instituido y de conspirar contra el gobierno de turno. En mi mente infantil cobraban vuelo sus gestos de héroes románticos y sufría con la muerte sospechosa de Moreno –recuerdo el gesto teatral de mi papá diciendo aquella frase “Se necesitó tanta agua para apagar tanto fuego” mientras el cuerpo supuestamente envenenado de Moreno se hundía para siempre en las frías aguas del océano. Escucho aún su voz hablando de la entrega desinteresada de Belgrano, la pasión inflexible de Castelli, la lealtad de Monteagudo, las actitudes de barricada de French y Berutti . En sus relatos ninguno de estos hombres era medido, sino manojos de pasión tumultuosa y poco reflexiva.
Contaba mi padre que la noche de 24 de mayo de 1810 Belgrano se había quedado dormido en un sillón mientras sus amigos, en la sala contigua, decidían que era la hora de tomar las armas para que se cumpliera con lo que el pueblo había resuelto. De repente, Belgrano se despertó sobresaltado y entrando en el salón donde los otros discutían, exclamó, con la mano apoyada en la cruz de su espada: "Juro a la patria y a mis compañeros que si a las tres de la tarde de mañana el virrey no ha renunciado, lo arrojaremos por las ventanas de la Fortaleza".
Los años han pasado, a esos cuentos se unen otros muy dolorosos que tiñeron de sangre y miseria las posibilidades de justicia social. Y sin embargo cada vez que pienso en la Patria, cada vez que trato de entender qué significa ser argentino no pienso ni en la bandera ni en el himno ni el ejército de los Andes: pienso sólo en Mayo. Pienso en esos hombres a escondidas en la Jabonería de Vieytes confabulándose por un mundo mejor y entregando su sangre para hacerlo posible. Y me pregunto entonces qué sucedió para que tantos sueños se ahogaran en desencanto y en cómo rescatar aquellas ilusiones, aquellos ideales de una nación justa e independiente. "El poder soberano", decían los hombres de Mayo, "reside en el pueblo, es inalienable e imprescindible por lo que no puede ser cedido ni usurpado por nadie. El hombre en sociedad tiene derecho a la libertad civil, a la igualdad legal, a la seguridad individual."
Habría que hacer algo por desmentir aquellas terribles palabras de Juan José Castelli, el orador de la revolución al que un cáncer le destrozó la lengua, "Si ves al futuro dile que no venga" y las de Juan Manuel Beruti "Pobre patria, que la ambición de algunos de tus hijos te exponga a tu total ruina y dispuesta a ser presa de naciones extranjeras de Europa que ambicionan de tus riquezas y desean dominarnos" La bicentenaria memoria de la Revolución espera que su destino se encarne y sea una realidad.

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