domingo, 9 de mayo de 2010

El ruiseñor

Mi bisabuelo cantaba en Cadiz mirando el mar por donde había perdido su tierra y sólo tenía las palabras.
La noche era un golpe profundo de jazmines y perfumes. Las mujeres pasaban junto a las aguas azules del océano cimbreadas como juncos esbeltos; pero él no miraba sus torsos de porcelana clara y tibia porque su boca cantaba como un pájaro tierno canciones que ni él conocía pero que hablaban de viajes, de sangre, de recuerdos. La única patria es el lenguaje. Vamos con él a todas partes como una planta propia. Nos acuna, nos alumbra, nos hace humanos. Con palabras armamos las cunas de los hijos, con palabras tejemos los sudarios de cada uno de los muertos que nos tocan. Con palabras construimos las puertas de la pena y los balcones profundos del amor. Manuel tenía los ojos africanos -negros como aceitunas relucientes- y la piel se le doraba en el aire traslúcido que llenaba Sefarad. Acodado en el borde mojado de su Cadiz natal cantaba para no morir de nostalgia mientras el lenguaje le dibuja un manto de rey en mi memoria que es una boca más.

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