domingo, 16 de mayo de 2010

Los Cacabelos


José, Cristina, Esperanza, Cecilia y Ana María Cacabelos
Florida, 197..

Por alguna razón, inexplicable pero comprensible, una de las dos sobrevivientes de la familia Cacabelos, Ana María, y yo nos hemos encontrado.
Quizá la memoria y la justicia tenga que ver con estos actos mínimos de solidaridad que los "malos" de siempre no pueden borrar aunque lo pretendan.
Oí hablar de los Cacabelos por primera vez en una actividad que terminó en desastre en el colegio donde ellos habían estudiado y yo soy profesora. En ese año -el 2003- no tenían nombre y era sólo una frase: "En esta escuela también hubo desaparecidos."
A escondidas y en los pasillos, alguien -que había sido alumna de Esperanza- me dijo sus nombres y yo empecé a buscarlos. Me llevó tiempo, todo el que lleva destejar los secretos guardados adentro del corazón y la boca, pero di con ellos.
Los volví a las aulas donde habían estudiado, en Florida, en marzo del 2009. En ese acto, su nombre volvió a ser oído y cientos de adolescentes, nacidos tantísimos años después, supieron que había habido una familia Cacabelos que estaba desaparecida: oyeron el nombre de Esperanza, el de José, el de Cecilia y se fueron con la certeza de que había un pedazo de memoria que era suya también y que debían velar por su recuerdo.
Hace poco fui aula por aula -las que transito tres veces a la semana enseñando literatura a chicos de entre 13 y 18 años- diciendo que el general Reynaldo Bignone y sus cómplices habían sido juzgados y condenados por, entre otras, la desaparición de nuestros Cacabelos. Y emepcé entonces a buscar a Ana María, única sobreviviente y di con ella.
Ahora ella, Nana para sus hermanos, me trae fotos y cartas y dibujos; le pone rostro inconmensurable a lo que era un nombre; los hace cuerpo insustancial, pero cuerpo al fin y se acerca a mí que tengo mis propios duelos y dolores -algunos que existen desde el 76 y otros más nuevos-.
Pienso en las vidas que son cortadas de golpe, pienso en los que nos quedamos sin saber qué hacer o en dónde acomodarnos para que el dolor mengüe un poco. Pienso en lo inexplicable de la pena que jamás se termina aunque una siga haciendo lo que debe y quiere. Pienso en las alegrías que nos asaltan y que vivimos casi con culpa, creyendo que les estamos robando el respeto enlutado que se merecen. Pienso en la misión de llevar su mirada y su risa como banderas. Pienso en el mundo con que todos soñábamos y que no fue, empapado en la muerte. Pienso en la vida que sigue aunque queramos detenerla para que se haga nido y nos cobije un poco. Pienso en Nana que no recuerda la risa de Cecilia y querría poder tener esa memoria para dársela a manos llenas y consolarla diciéndole que todo no se ha ido; que ahora hay cientos de pibes que saben, en esas mismas aulas, quién se reía en el patio por las mañanas como se ríen ellos; que la memoria es una tela que se teje entre todos con miles de hilos de colores: algunos son más gruesos, otros frágiles como el aire, algunos duran mucho y otros de deshacen en los dedos; pero lo que es de todos, Nana, eso es eterno, pasa de boca en boca, se enraíza en las almas y crece con sus ramas hasta el cielo... donde habitan los que se hicieron pájaros, los que se hicieron nube, donde están tus hermanos.

6 comentarios:

Polis dijo...

"Pienso en la misión de llevar su mirada y su risa como banderas"... creo que es una frase que enmarca tu trabajo y el de mi mamá, Ana María, y el del resto de la familia de Cecilia, Jopo y Esperanza. GRACIAS por recordar a mis tíos y por traerlos al presente, porque ellos no se han ido hasta que no encontremos justicia y no debemos olvidarlos, a ninguno de nuestros 30.000.

Julieta Pinasco dijo...

Polis: un enorme abrazo, enorme, enorme...si logramos pasar esas banderas a nuestros hijos y luego a los hijos de nuestros hijos, el mundo podrá ser un poco mejor cada vez. Tus tíos son los desaparecidos de mi colegio, del colegio donde trato de hacer memoria cada día...de alguna manera son también míos como lo son los 30.000.
Besos
Juli

Anónimo dijo...

Me gustaria aclarar que Ana María no fue la unica sobreviviente, esta también Cristina, está bueno contar la historia completa... o no?

Julieta Pinasco dijo...

Anónimo:
(Sería lindo conocer tu nombre)
Cuando yo escribí esto y lo leí en el patio cubierto del colegio desconocía la existencia de Cristina. Nadie en el Cefe me había hablado de ella y sí de los demás. Sólo en el diálogo telefónico que matuve con Ana María y en las fotos que ella, tan afectuosamente, me envió por mail supe, posteriormente, de la existencia de Cristina. Ambas, Ana María y yo, lloramos en una larga conversación telefónica y eso fue sanador, creo que para ambas.
Un abrazo
Julieta Pinasco.
Creo que, igualmente, esta historia nunca se podrá contar completa. Siempre faltarán las voces de Esperanza, Cecilia y de Jopo... siempre será una historia con tramos desaparecidos para siempre.

Anónimo dijo...

Proyecto 70 veces 7

María Cristina Cacabelos dijo...

Gracias anónimo siempre es una caricia para el alma saber que los vivos somos visibles para otras personas.- María Cristina Cacabelos.-

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