martes, 11 de mayo de 2010

Los dibujos


Cuando volví de Europa, le mandé a Mariano Levin uno de mis dibujitos de ciudades. A vuelta de correo, él me agradeció la imagen del puerto. ¿Puerto?, dije yo y todo derivó en un equívoco muy gracioso en el que yo conté el argumento de una novela que había leído en el vuelo Madrid /Buenos Aires y que trataba sobre la imposibilidad de la comunicación humana.
En nuestra jerga íntima, puerto se transformó rápidamente en sinónimo de deseo, de sueños, de espacios donde podíamos ser nosotros dos, lejos de todo lo que los demás esperaban que fuésemos.
Al poco tiempo, él y yo inauguramos nuestro blog privado -Libro de las horas, se llama- y el dibujo del puerto levinesco/ciudad mía estuvo en el encabezamiento. Curiosamente nunca le dije a Mariano que era mío ese dibujo y él se dio cuenta sólo dos o tres meses después.
Desde entonces me martilló la serenidad insistiendo en que yo tenía que dibujar, tenía que mostrar eso a lo cual yo no le daba ningún valor más que el puro entretenimiento. Cada vez que Mariano empezaba con su hostigamiento yo caía en un mutismo angustioso que no podía siquiera tolerar.
La última vez fue en el mes de enero, algo más de treinta días antes de su muerte, mientras pintábamos unas rejas en San Bernardo. Mariano nunca había realizado este tipo de tareas hogareñas y lo hacía ese día con una alegría digna del mejor novato. La actividad habilitaba la charla y él volvió a la carga. Me dijo que yo era egoísta, que estaba bien con que eso me había servido para sobrevivir en el desastre familiar de mi infancia/adolescencia, pero que ahora se trataba de los demás, de que yo pudiera dar esa posibilidad de vivir mejor a los otros. Me largué a llorar: mi vida familiar había estado inmersa en la falta de valorización y recordé cuando recibí sola mi diploma universitario y regresé a mi casa en el 152 mientras todos festejaban con sus padres. Mariano me abrazó y ese día no volvimos a hablar.
A diez días de su muerte, volvimos a conservar de esto. La charla fue casi inquisitoria: dónde estaban mis originales, si podía volver a reproducir los extraviados, si pensaba ocuparme , etcétera, etcétera... Me lo decía urgente y perentoriamente, con una rigidez que le desconocía y que despertó en mí la rebeldía que me brota ante cualquier autoridad Le dije que me dejara de joder.
Después llegó el 28 de febrero y la Muerte se llevó a Mariano en apenas cinco horas, las más incomprensibles de mi vida. Ni la muerte de mi papá ni la enfermedad de mi hijo, hace dos años, entraron en ese terreno de no entendimiento, de estar viviendo algo que escapa a la posibilidad de pensarlo, de ajustarlo a razón. Esos dos hechos tenían causas, podían ser enmarcados en sucesos devenidos lógicamente; me herían con cuchillos hondos, pero la razón los ponía en situación y yo tenía, entonces, la posibilidad de la acción.
Esto era diferente porque me asaltó por la espalda y a traición, me dejó desnuda, vacía, pero viva y sin saber qué hacer.
Entonces recurrí a lo que siempre me había salvado: a escribir y dibujar, compulsiva y desesperadamente. Y las palabras y las imágenes me dieron un marco para poder entender y sobrevivir.
La única diferencia, Mariano Levin, es que te hice caso y no lo guardé sólo para mí.
Quizá hayas tenido razón en insistir.

2 comentarios:

Silvia dijo...

Hace un tiempo contaste cuánto te había insistido Mariano para que compartieras ese don que te había salvado:la escritura. Fue entonces cuando me animé a comentar en tu blog para decirte "menos mal que le hiciste caso". Ahora vuelvo a sorprenderme: cuando empecé a ver tus dibujos, tan hermosos, pensé "ah...no sabía:además de escritora, Julieta es pintora" y di por hecho que estarías dedicándote profesionalmente a la ilustración. No podía ser de otra manera: eran obras demasiado bellas, no dibujitos garabateados por una mano inexperta. Ahora que me entero de que no era así, me atrevo a llamar de nuevo a tu puerta, solo para repetir: "menos mal que le hiciste caso". Ay, Julieta... con cuánta delicadeza, qué amorosamente se escurre el dolor entre tus manos.

Cuando una autoridad nos ayuda a revelarnos, vale la pena obedecer.

Te mando un beso grande
Silvia

Julieta Pinasco dijo...

Silvia:
Miles de gracias.
te mando un beso enorme.
Y acá sigo.
Juli

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