lunes, 31 de mayo de 2010

Los movimientos de la muerte


Cosa curiosa: la muerte, en realidad, se mueve en dos sentidos. Por un lado es un llegar, un final de la proximidad, del tacto, de la vista, del oído. Cuando vos te moriste dejé de percibirte con la paleta de mis sensaciones corporales. Ya no estabas, te habías muerto, algo se había clausurado para siempre y no podría regresar jamás. Terminaba el que fuiste, el que me abrazó en extensísimas noches, el que me escribió casi mil textos de todos los tamaños y densidades que guardo como piedras de colores profundos, el que se río de mis arrebatos imperdonables, el que me sirvió un café intomable, el que me nombró de cien maneras diferentes, el que hundía su rostro en mi espalda en busca de un perfume. Y también acabó esa conversación que llamamos vida en la que yo decía y vos me respondías multiplicando mis palabras para que yo tomara tus respuestas y las sembrara en mi boca y florecieran en reverberaciones milagrosas de ecos que nos nutrían.
Pero ese mismo día, la muerte disparó hacia adelante otra cosa. (Y esto no es consuelo porque no lo hay en algo que es tan contundente y doloroso que atormenta sin que haya un mínimo resquicio donde apoyar la frente y pensar que el tiempo cura lo que ya sabemos que sólo atemperará sin que nunca deje de arder como una llaga en llamas). Ese mismo día, entonces, en que la muerte cierra algo, abre a la vez otro vector. Como si el hecho de tu muerte fuera a la vez un punto de llegada (el de la vida) y otro de partida. La muerte inaugura otra clase de diálogo con el ausente y todo se duplica: las palabras dichas y guardadas en el receptáculo denominado memoria cobran un sentido que no tuvieron antes. Pienso, de pronto, en los motivos musicales de una sinfonía que se repiten y son diferentes dependiendo de en qué tipo de movimiento van insertos: no es lo mismo prestíssimo que allegro ma non tropo. Los sentidos de las palabras, y hasta de los acontecimientos, se modifican según sea el contexto que los cargue y ampare.
Junto al vos que eras para mí, en tu muerte, estaban el hijo, el padre, el hermano, el amigo, el científico que habías sido: todos tus rostros descansaban superpuestos en el tuyo, acostados junto a vos... sólo el vacío se había puesto de pie para acompañarme como un perro fiel desde ese momento y para siempre.
Pero lo que la muerte inauguró desde ese día no ha cesado de pasar en mí: el corazón me quedó atrapado en el impacto, los segundos se hicieron infinitos y el espacio -esa inconmesurabilidad- se encogió sobre sí mismo para anudarme a un único lugar: el del conocimiento. Ese día en que cerró el eco de tu voz, la muerte me abrió un universo de sentidos difusos pero aplastantes. Me despierto a menudo tratando de entender quién soy después de vos, un sentimiento de extrañamiento, como si nadara en corrientes que no alcanzo del todo a descifrar: ¿Qué es un hombre en la vida de una mujer? ¿Quién fuiste vos? ¿Quién fuiste para mí? ¿Quién era yo antes? ¿Quién fui con vos? ¿Dónde está adentro mío lo que me diste? ¿Cuándo comenzó y cuándo terminará? ¿Terminará realmente? ¿Cuánto de lo que entiendo es mío o tuyo o de ese momento en que supimos decir "nuestro" y era una opción valedera e imaginable y amparadora y suave?
Lo que me queda claro es que lo que yo conocía de vos antes de tu muerte venía solo de vos y me lo dabas en ese eco de palabras que era nuestra vida. Lo que yo ahora conozco viene del vos que alojo en mí y es el segundo movimiento que alumbraste al morir: te conozco ahora como se conoce lo que no está pero deja su impronta: como si apagásemos la luz y nos quedásemos a oscuras para siempre: no por eso nuestras retinas dejan de ver: aloja el cuerpo la memoria de la claridad y las sombras se van poblando lentamente de relieves que antes, enceguecidos, no lográbamos siquiera vislumbrar.
Cada día que pasa me convenzo que la muerte arrasa con lo que late y suda y canta; pero no puede atravesar la puerta del amor; justamente porque está en su aterradora realidad el cerrar una línea para abrir otra que empuja hacia adelante, pero que ella -paradójicamente- no puede transitar.
Y cuando la angustia ceje (el dolor no se irá jamás, ya lo sé) ella mirará desde la puerta, que no puede pasar, el movimiento que originó: la vida que se burla con una vestimenta denominada amor.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Querida Julieta:
A lo largo de este año, cinco meses y quince días que distan de aquel 28 de febrero, entro a tu blog a buscar a Mariano, no al que compartía conmigo la labor científica; sino a ese otro que tanto te quiso y al que tanto quisiste. Las relaciones entre un hombre y una mujer son, cada una, particulares: a veces es amor. Y este lo fue. Recuerdo a Mariano hablándome de vos y me doy cuenta ahora (como bien decís hay cosas que se comprenden después) que ustedes estaban destinados a hallarse y darse lo que se dieron. Tengo por cierto que los últimos tiempos de mi amigo a tu lado fueron de brillante luminosidad porque así te veo, a la distancia; de cuerpo breve (como él decía), pero de corazón infinito. Si de algo te sirve, en casa siempre los tenemos presentes en una bella foto de vuestras manos tomadas que Mariano me envió por mail. Te queremos desde París...
Jorge y Michelle

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