sábado, 29 de mayo de 2010

Mariano y mi papá


Mi padre era un hombre de costumbres meticulosas. Un universo ordenado giraba obsesivo a su alrededor. Cuando murió y me tocó desarmar sus cosas (en mi familia siempre las cosas me tocan a mí ya sea porque debo hacerme cargo de ellas o porque estallan impactando en mi fragilidad corporal), todo estaba clasificado y colocado en su sitio sin que ningún clavo, lápiz o herramienta faltara de su lugar.
Mariano Levin (para diferenciarlo de mi hermano y que la historia no se preste a confusión) vivía en una entropia permanente. Al salir a la calle, ponía en mi bolso sus anteojos, los documentos y su teléfono celular y era capaz de regresar a las tres cuadras porque sostenía que había dejado todo sobre la mesa. En una tarde podía extraviar diez veces las llaves de la casa y no hallar lo que acababa de leer.
Cada vez que armamos el auto, yo le decía:
Ay, Levin, mi papá hubiera estado muy enojado con vos. Mirá todo el espacio que desaprovechás.
Mariano se reía y me contestaba:
"Sí, don Pinasco, seguramente, movería la cabeza protestando por el tipo desordenado que se ligó la hija."
Un día, en Bahía Bustamante, cuando estábamos por regresar, anduvo acarreando cosas, pegando cajas y no me dejó participar ni una vez. A la hora de semejante hiperactividad, me llamó.
"Vení, Giulia...", gritó parado al lado del baúl.
¿Es necesario? Estoy leyendo, resoplé yo.
"Absolutamente necesario."
Voy..., me levanté desganada.
"Mirá.", dijo cuando llegué.
El baúl del auto era un rompecabezas con todos los bártulos perfectamente encastrados entre sí. Lo abracé sonriendo.
"¿Vos creés que tu papá estaría orgulloso de mí?", me suusrró en el oído.
Mucho más que orgulloso, le contesté, Mi papá te adoraría, Levin.
Papá, en el lugar en que estés, protegelo mucho a Mariano: es el hombre que más amó y valoró en esta vida y vos sabés que es así.

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