sábado, 8 de mayo de 2010

Muerte en el hospital

Qué solito moriste en esa cama, sin nadie que te tomara la mano y te llevara para pasar la puerta menos desnudo. Estaba todo blanco. Estaba todo frío. Estaba todo lucecita de quietud inmediata. Y vos estabas solo...solititud de todo y de todos tenías vos en esa cama volteada hacia la nada y el vacío. Yo hilaba las palabras del otro lado de ese pasillo largo y creía que todavía eran posibles los conjuros del lenguaje como si fueran magias para ahuyentar los buhos desplumados del silencio. Qué solitario estabas, vos más aún que ibas dejando tus ropitas de vivo junto al lecho para pasar la puerta que se te abría como una boca larga. Y todo con tus pasos pequeños sobre la losa fría para siempre, para todos los días, para todas las horas; fría la losa que te llevaba allá donde mis palabras golpeaban y nadie les abría. No era sino el día que se volvía caluroso y oscuro y vos que te morías solo, sin que nadie te tomara para arroparte y que te fueras tibio debajo de ese sol de febrero que se volvía enemigo y terrible. Qué solo te moriste y qué triste que no tuve palabras para darte la vida que todavía tenías enrollada bajo el brazo y se cayó cuando te sacaste tu saco y nadie se dio cuenta de que caía y ella también moría sola, solita, sin nadie que le tomara la mano para pasar la puerta menos muerta. Era una vida y vos que se iban solitarios y entristecidos, en silencio, dormidos.

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