martes, 25 de mayo de 2010

Orhan Pamuk

Por esas cosas de la vida que suelen sucederme, compro libros al azar que me dicen lo que necesito en el momento en que me es imprescindible una palabra mediatizada por la distancia y la cercanía que da un libro.
Ayer, en el avión en que regresaba a Buenos Aires, pensaba en que el escritor lanza sus palabras al vacío y ellas vuelan hasta impactar en un alma lejana, lejanísima, tanto como la mía que lee las palabras de un hombre nacido en Estambul en 1950.
Me llamo rojo es un libro sobre ilustradores, sobre el amor y la muerte, sobre las bellezas del dibujo y la escritura, sobre el deseo y la felicidad y dice cosas como estas:

"Eran tan felices que les habría gustado que su vida siguiera siendo siempre así. Descubrieron que la mejor manera de hacer realidad ese deseo era abrir libros y contemplar como si no pudieran detenerse las perfectas pinturas de los maestros antiguos. Mirando las ilustraciones sentían que el tiempo se detenía y que el momento venturoso que narraba la historia se mezclaba con su propia felicidad."

"Lo que el ilustrador pasa al papel no es lo que está viendo, sino el recuerdo de lo que vio, lo cual prueba que la pintura sólo es posible gracias a la memoria."

"Siempre hay algo en el mundo que nos da miedo a la gente como nosotros, que vive entre libros y que sueña con sus páginas. La razón de que nos entreguemos a las palabras e ilustraciones no es el dinero sino la posibilidad de escapar al griterío de los otros; pero, además, queremos que esa misma gente de la que nos ocultamos vea nuestra obra, la aprecie y nos quiera."

"Qué injusto, qué cruel, qué despiadado me pareció estar muriendo en ese instante. Me daba la impresión de estar ardiendo sacudido por un dolor ilimitado tan difícil de soportar que era como si una parte de mi mente se esforzara en sumergirse en un dulce sueño como única solución. Eso era la muerte. Pero, a la vez, tenía deseos de asirme al mundo, de echar a correr para huir y quería mirar las manos frescas de mi amada para llevarme el recuerdo de sus ojos verdes conmigo. Y aquello me resultó tan doloroso que quise morirme de pena. Abrí la boca para que saliera mi alma y todo se volvió multicolor. De mis ojos se derramó una lágrima amarga y de mi boca brotó mi alma que era del tamaño de una abeja, envuelta en una pura luz."

"Mientras yo lloraba su muerte me daba la impresión de que me había convertido en una mujer distinta que había surgido en mi interior y se había separado de mí. "

Este libro que compré sin saber qué me diría es un motivo profundo de compañía para mí hoy.

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