viernes, 14 de mayo de 2010

Picaderos


Este es el cuento que ganó el primer premio de Narrativa breve en España.

La mujer lo miraba fijo. Sin sacarle los ojos. Como queriendo penetrar en su mirada para cazar, vaya usted a saber qué secreto. Porque él, vea lo que le digo, él guardaba un secreto. Le hizo un gesto y ella le llenó otra vez la copa, si es que a eso puede llamársele copa: un vaso alto y cilíndrico como un caño de vidrio grueso, ligeramente ensanchado en la boca. Y siguió mirándolo.
Afuera, el viento soplaba como siempre desde que el tiempo empezó a andar. A veces uno tiene la sensación de que va a levantar la casa y la va a depositar algunos kilómetros más adentro.
El bar se llamaba “La Esperanza” y usted se preguntará de qué…Esperanza de qué si acá todo está alejado de la mano de Dios. Ni para sembrar sirve esta tierra. Apenas unas ovejas raquíticas que mordisquean unos arbustos con la boca llagada por la sed. A los del pueblo vecino se les fue en nombre el deseo y le pusieron Buen Pasto…¡Buen Pasto! Suena hasta gracioso...
La cuestión es que el tipo empinó el vaso de un solo trago, se lo metió entre pecho y espalda como para calentarse un poco. Ella hizo el ademán de volver a llenárselo, pero él la detuvo agarrándola de la muñeca. Impresionaba la blancura sobre la piel cetrina de la mujer. Se soltó con violencia y ladeó la cabeza como avisándole que ni se atreviera a tocarla una vez más. Se acomodó los cabellos renegridos detrás de la oreja y tapó la botella. Todo sin dejar de mirarlo.
El hombre apartó sus ojos lechosos y miró, por la ventana de vidrios polvorientos, el perfil verde del lago a varios kilómetros de distancia. Ella siguió la ruta de su mirada y murmuró algo que no se entendió, pero que el hombre pareció comprender con claridad porque se rozó el sombrero con la punta de sus dedos flacos y se encaminó hacia la puerta. Antes de abrirla dudó unos segundos. El silencio era barrido por el viento que lo llevaba cada vez más lejos, cada vez más profundo, cada vez más oscuro.
Debió sentir aquel par de ojos negros prendidos como bichos de su cuello porque giró el cuerpo macizo y la miró. En su cara delgada se dibujó algo que parecía ser el rastro de una sonrisa pretérita, tanto que, con seguridad, el hombre la había extraviado en una infancia ya mucho más lejana que la mueca. Sonrió y los ojos apenas le brillaron con chispazos tan verdes como el lago.
Yo pensé que qué estaba haciendo un tipo como aquel en este puesto perdido en medio del desierto donde los perros ladran de puro aburridos que están sólo para hacer algo.
Volvió sobre sus pasos, metió la mano en el chaquetón pardo y la sacó con un billete amarronado y viejo entre los dedos.
-Me olvidaba –exclamó con voz ajena, que no parecía suya sino robada a alguien de pecho mucho más ancho todavía.- Mire si me pasa algo y no regreso. No me gusta dejar deudas…- y se le cayó una carcajada seca y negra como una piedra.
La mujer tomó el billete, abrió una caja de lata y sacó tres monedas de color cobrizo que puso con un golpe sobre la mesada. El hombre la miró sin entender bien. De frente, con las pupilas bien abiertas y la frente sombreada por el ala de un sombrero inútil en estas inclemencias.
Ella arrastró las monedas por la madera lavada desde su vientre, que rozaba el mostrador, hasta el del hombre del otro lado. Hubo algo en el gesto que me pareció lúbrico, cargado de un deseo denso como lava: la forma en que las yemas de ella se apoyaron en el borde de las monedas, la presión imperceptible sobre la madera, el desplazamiento por la superficie que sonaba suavísimo pero rasposo.
El hombre la miró hacer como si el viento hubiera vaciado repentino el universo completo y sólo quedaran esos dedos, esas monedas y ese rozar.
Cuando ella estiró todo lo que pudo el brazo, él volvió a colocar su mano pálida como una pulsera sobre su muñeca; pero esta vez fue un aro envolvente y amable.
-Te dije que si me tocás otra vez, te mato.- susurró ella a través del mostrador, acercándole la boca caliente a la cara.
Él le sostuvo la mirada y, sin soltarla, le dijo en voz baja:
-¡Atrevéte!
La mujer cerró por primera vez los ojos y yo vi, se lo juro, las cuatro sílabas de él treparle por el hombro y el cuello como lagartijas grises. Cuando quisieron entrarle en la oreja, ella las apartó de un manotón y le escupió la mano al tipo. La saliva era una marca húmeda y espumosa sobre el dorso, pero él no se la limpió.
-Quedáte con el vuelto, che. –volvió a lanzarle sus palabras.
-Ni loca.- dijo ella esquivándolas, pero el hombre ya había abierto la puerta y el viento se lo había tragado.
Ella lo miró perderse en la meseta desierta sosteniéndose el sombrero con la mano escupida. Los vidrios polvorientos la reflejaron hasta que la silueta se hundió en la inmensidad de la tierra amarilla y verdosa hacia la zona de los antiguos picaderos tehuelches.
-Otro más. –dije yo entonces.
-Otro. –contestó ella volviendo al mostrador.
Se hizo de nuevo silencio.
-Ahí tenés las monedas… si las querés. –agregó ella al rato.
-Guardálas vos.
-Ni loca.
El viento se ahogaba en la meseta.

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