jueves, 6 de mayo de 2010

Reescribo a Roland Barthes


Mi pena proviene del hecho de ser él quien era y es por ser él quien era por lo que lo elegí. Al compañero como Bien, él añadió la gracia de ser un alma particular. Yo podía decir, como el narrador proustiano a la muerte de su abuela: "no me empeñaba sólo en sufrir, sino también en respetar la originalidad de mi sufrimiento"; pues esa originalidad era el reflejo de lo que él había de absolutamente irreductible, y por ello perdido de una vez para siempre. Suele decirse que, a través de su labor progresiva, el duelo va borrando lentamente el dolor; no podía, no puedo creerlo; pues, para mí, el Tiempo elimina la emoción de la pérdida ( no lloro), nada más. Para el resto, todo permanece inmóvil. Puesto que lo que se ha perdido no es una Figura (el Compañero), sino un ser; y tampoco un ser, sino una cualidad (un alma): no lo indispensable sino lo irremplazable. Yo podía vivir sin el Compañero; pero lo que me quedaba de vida sería, por descontado y hasta el final, incalificable (sin cualidad).

De:
Roland Barthes, La Cámara lúcida, Buenos Aires, Paidós, 2009
(quien escribe sobre la muerte de su madre)

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