viernes, 7 de mayo de 2010

Sin Mariano Levin.

Mi soledad de hoy no pide ser llenada porque ella está llena.
Mi soledad de hoy es sólo ausencia.
y ausencia no es carencia, o lo es sólo en parte.
Carezco de alguien, pero no desde el vacío completo.
Ese alguien ha desaparecido, es cierto, pero ha sido su presencia: su ser físico es el que ya no está, pero no carezco del amor que nos ha unido, que nos une aún, qu nos unirá siempre.
Por eso es aún más terrible: es un vacío a medias donde alguien -vos- no está y está con toda su ausente presencia.
Cuando alguien se va -sin morirse-, el vacío es un espacio que podría volver a llenarse: ese alguien puede arrepentirse, arrepentirnos nosotros, perdonarnos, reconciliarnos, odiarnos para siempre. Existe siempre la posibilidad, la fantasía del reencuentro: ese alguien es una carencia: ahora no está conmigo, pero si se pulsan determinadas coordenadas podría estar aquí, a mi lado, nuevamente. Vivo el dolor como algo que podría cesar, que tiene remedio, que puede subsanarse, alimento esperanzas y eso constituye la carencia: no es que no está, sólo carezco de él porque así lo deseamos y en nuestras manos está el aborto de la herida.
Cuando alguien se muere; en principio, no se va. Hay algo de ese ser que estará con nosotros mientras estemos -ayer me asaltó en el viaje tu imagen en la sala de terapia intensiva y no pude apartarla de mis pupilas cerradas-; pero esa infinta presencia no está marcada con la concreción que tiene cualquier materia viva. Es una ausencia: lo que está presente es la agudeza dolorosa de la ausencia que trae consigo lo irremediable de la imposibilidad. La Muerte no se arrepiente nunca, no reconcilia, no perdona, no odia, no ama e instaura una eternidad insubsanable. Ya no podrá estar acá jamás, no poseo nada más que la herida y ni siquiera puedo evitar que supure sin cicatrizar: hechos que escapan a mi voluntad la reabren y me dejan a merced de fuerzas que soy incapaz de dominar.
Creo atravesar una planicie y de pronto me doy cuenta de mi error: sólo estoy en una extensa cumbre donde mi alma sangra porque la habita una ausencia que debe ser aceptada y, a la vez, jamás podrá serlo: nunca se puede aceptar la injusticia de un hecho que no tiene solución.
De todos los infinitos dolores en cuya copa me ha tocado beber, este es el más letal.

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