viernes, 28 de mayo de 2010

Tres meses


En la cocina amarilla de tu muerte, las arañitas tejen un sudario de lluvia y los pajaritos, pesarosos por la falta de tus migas, buscan los nudos donde quedaron atados tus penares para morderlos con su pico de piedra roja y dejar que el dolor de tu sangre blanca vuele hasta los confines del pasado donde nadie puede regresar.
Mi amor te envuelve como una cajita de colores pintados con pinceles de pelos suaves y mi piel se estremece sintiendo los noventa días en que tus dedos no la rozaron para hacerla temblar con las estrellas luminosas del deseo. No hay ninguna soledad que se parezca a esta, tan poblada que está la pobrecita de tus ojos.
Mi amor te llama a lo largo de las horas de la noche y, desde abajo de la tierra donde hiciste tu nido de muertito, sacás tus labios para contestarme pero la voz se desparrama en las grajeas perfectas del sol que brilla aunque no estés acá.
Mi amor se pone triste y sin cobijo, sin el amparo en que dormía en tus brazos y busco en tus cartas las palabras que me escribiste, los secretos que me contaste -todos, excepto el de la muerte de tu sangre sin puertas-, los regalos que me hiciste : yo tengo un mundo guardado entre tus letras; pero estoy sola hace noventa días.
Nada puede cambiar lo que ha sucedido cederá la angustia con el paso del tiempo; pero el dolor latirá siempre debajo de los huesos de mi cuerpo.

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