miércoles, 2 de junio de 2010

Cena


Ha llegado el invierno a tocar a la puerta de mi pecho, pero en el resguardo de mi sangre está el calor de tu memoria para ampararme de todas las tristezas que guarda en su maleta de tormentas. Mis tazones de sopa se apenan con tu ausencia y las cucharas dejan caer sus lágrimas plateadas en la mesa. Solo se queda el pan y un vaso que naufraga, sola la servilleta y la hora nocturna que no encuentra el espacio para durar y se hace un ovillo pequeño que apenas me cabe entre dos dedos. Me miro hablarle a los espejos que no guardan tu imagen y se lamentan el vacío que pasa- uno tras otro- como si fuera una burbuja inédita de nada. Me duermo entonces; pero en las sábanas tu muerte se triplica para alcanzar la dimensión terrible de la falta.

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