domingo, 20 de junio de 2010

Telémaco busca a su padre

Un día más en esta isla inhóspita donde sólo me rodean mujeres que no dejan de hablar de cosas que no puedo comprender. Debo armar una barca de tablas de flexible fresno y ninguna sabe cómo se untan con brea las tablas para que el mar de aguas púrpuras la haga flotar.
Querido padre, cuyo rostro ya no puedo retener, perdido como está en los agujeros que van creciendo en mi memoria; querido padre, el más amado de todos los hombres para mí: afuera está el mundo: es tan bello y me produce tanto dolor. ¿Dónde quedó tu mano suave que me había prometido el primer empujón? De todos los penares que me aquejan, vos sos el primero e inevitable, solo como estoy en este páramo rodeado de agua que no sé cómo navegar.
Mi íntimo nombre, el apelativo familiar que me aniña, necesita la fortaleza del oikos que me has dejado y desconozco cómo administrar. No es que Penélope sea una mala mujer; pero es tan solo mi madre: para ella siempre necesitaré papillas y mantas y una pelota con qué jugar. Yo preciso el ancho mar, las costas escarpadas y las planicies verdes más allá de estos mares de olas vinosas. Dicen que en el norte hay tierras donde el agua cae congelada del cielo y cubre la tierra como un manto blanco. Yo no lo puedo creer.
Necesito pensar que no te has muerto y que regresarás una tarde de mayo cuando el trigo esté en flor. Ese día, Odiseo, nos haremos juntos a la mar y seremos padre e hijo flotando en las aguas hacia el sitio donde nunca se pone el sol.

Querido papá, cuánto te extraño hoy.
Cuánto te necesito siempre.
Tu hija Julieta

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