viernes, 23 de julio de 2010

Frambuesas


Mi hermano Pablo tenía ocho años, Mariano diez y yo catorce. Los tres juntábamos frutillas silvestres en la costita de la Península de San Pedro a quince kilómetros de Bariloche, en la cordillera patagónica: fuentes y fuentes de frutillas que lavábamos en el lago heladísimo y comíamos mientras hablábamos... vaya a saber uno de qué. Pero las frambuesas tenían eran otra cosa.
Buscábamos en la cocina -que tenía uno de esos artefactos a leña- una fuente enlozada y caminábamos, los tres, cuatro kilómetros por un camino de tierra juntando piedritas y flores en la vera hasta llegar a la Estafeta que quedaba casi casi al borde de la ruta de asfalto que llevaba a Bariloche. Era la Estafeta de la señorita Cathy adonde llegaban todas las cartas de la Península y tenías que pasar a buscarlas porque no había cartero. Cathy era una vieja inglesa, muy flaca, muy traslúcida, de ojos claros, muy solterona y muy inglesa. Contaban que el día que tuvo que sacrificar su vaca lechera, se calzó unos guantes de raso largos y le disparó enguantada con una pistoletita de cachas de nácar. Le dejábamos la fuente a Cathy y teníamos que volver a las dos horas. Cathy nos la daba rebosante de frambuesas, una montaña de frambuesas que le pagábamos con unas monedas y retornábamos comiéndolas y manchándonos los dedos y la ropa con su jugo violáceo. No sé cuántas monedas le dejamos a Cathy en los veranos de la Península, pero, a veces, íbamos varias veces en un mismo día y, como buenos hermanos, nos peléabamos por ver quién comía más o menos frambuesas. Quizá sea la fruta que me retrotrae a los escasos momentos de infantil alegría que tuvo mi infancia y, por eso, cada vez que veo bandejas las compro para volver a mancharme, para volver a ver los flacos dedos de Cathy tendiéndonos la montaña rosada ante nuestros tres pares de ojos extasiados, para que mis hermanos vuelvan a estar cerca mío y los tres nos miremos la cara rebosante de jugos violáceos.

Para Pablo y Mariano Pinasco que podrían vivir más cerca, carajo.

1 comentario:

SE dijo...

Hay que ver cómo se graban los recuerdos en cualquier cosa, en las notas de una melodía, en las imágenes de una película, en el color de una fruta o el aroma de un guiso. Suelen salir bellas evocaciones de eso...

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...