Frambuesas


Mi hermano Pablo tenía ocho años, Mariano diez y yo catorce. Los tres juntábamos frutillas silvestres en la costita de la Península de San Pedro a quince kilómetros de Bariloche, en la cordillera patagónica: fuentes y fuentes de frutillas que lavábamos en el lago heladísimo y comíamos mientras hablábamos... vaya a saber uno de qué. Pero las frambuesas tenían eran otra cosa.
Buscábamos en la cocina -que tenía uno de esos artefactos a leña- una fuente enlozada y caminábamos, los tres, cuatro kilómetros por un camino de tierra juntando piedritas y flores en la vera hasta llegar a la Estafeta que quedaba casi casi al borde de la ruta de asfalto que llevaba a Bariloche. Era la Estafeta de la señorita Cathy adonde llegaban todas las cartas de la Península y tenías que pasar a buscarlas porque no había cartero. Cathy era una vieja inglesa, muy flaca, muy traslúcida, de ojos claros, muy solterona y muy inglesa. Contaban que el día que tuvo que sacrificar su vaca lechera, se calzó unos guantes de raso largos y le disparó enguantada con una pistoletita de cachas de nácar. Le dejábamos la fuente a Cathy y teníamos que volver a las dos horas. Cathy nos la daba rebosante de frambuesas, una montaña de frambuesas que le pagábamos con unas monedas y retornábamos comiéndolas y manchándonos los dedos y la ropa con su jugo violáceo. No sé cuántas monedas le dejamos a Cathy en los veranos de la Península, pero, a veces, íbamos varias veces en un mismo día y, como buenos hermanos, nos peléabamos por ver quién comía más o menos frambuesas. Quizá sea la fruta que me retrotrae a los escasos momentos de infantil alegría que tuvo mi infancia y, por eso, cada vez que veo bandejas las compro para volver a mancharme, para volver a ver los flacos dedos de Cathy tendiéndonos la montaña rosada ante nuestros tres pares de ojos extasiados, para que mis hermanos vuelvan a estar cerca mío y los tres nos miremos la cara rebosante de jugos violáceos.

Para Pablo y Mariano Pinasco que podrían vivir más cerca, carajo.

Comentarios

SE ha dicho que…
Hay que ver cómo se graban los recuerdos en cualquier cosa, en las notas de una melodía, en las imágenes de una película, en el color de una fruta o el aroma de un guiso. Suelen salir bellas evocaciones de eso...

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