martes, 27 de julio de 2010

Tristeza

No se va. Permanece como un espejo idéntico que me refleja y deforma. Cuando intento ocultarme, me persigue hasta los vértices del cuarto donde duermen las arñas de la desdicha desde siempre. A veces suelo interrogarla; pero, después, es peor porque me ataca con sueños dulces que me dejan vacía de todas mis memorias. Hablo e intento escapar en el torrente de palabras que me satura; pero ella es inmune a las palabras. Me las devuelve en una sedosa esquela que, junto a la firma, oculta un puñal para que yo abra mi carne y vea cuán desnuda he quedado de todo.

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