viernes, 13 de agosto de 2010

El sacrificio

Siempre supuse parecerme a mi madre. Tal vez el género determinara en mí esa idea o fue aquel mediodía en que mi padre trazó una línea imaginaria que nos dejó a ella y a mí de un lado de la mesa y enunció quiénes eran los cuerdos y los locos en esa casa. Era un hombre bueno mi papá, pese a esas ideas que buscaba denodadamente para sobreseerse de lo que era evidente para todos, pero no podía decirse: que el hilo rojo de la locura nos había anudado fuertemente entre esas cuatro paredes.
Recuerdo que, una tarde, volvíamos él y yo en su auto y dijo: "En una familia, para que los demás sean felices, alguien debe sacrificarse." Si cierro los ojos, puedo reconstruir en mi memoria el peso de sus manos sobre el volante y la tristeza de sus ojos grises. Alguien debe sacrificarse... dijo mi padre. En estos días, tan duros y difíciles, sus palabras me persiguen y me asaltan en la senda peatonal, en el asiento del transporte público, en el momento en que la tiza blanca traza una línea contra la pared negra de una pizarra. Alguien debe sacrificarse...
Tal vez, mi padre no sabía que, si uno solo se sacrifica para que los otros alcancen la felicidad, algo funciona mal desde el vamos. Y los felices, aunque lo ignoren y vayan tan livianos por la vida, también están sacrificándose porque han perdido su dignidad y eso es lo más terrible que puede sucederle a un ser humano.

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