domingo, 8 de agosto de 2010

La maletita de Mariano Levin


A veces volvés con tu maletita de muerto y golpeás la puerta de mi cuarto para que yo te abra. Tenés la cara pálida -de tantos días de estar bajo la tierra-; pero seguís riéndote como cuando dormías en esta misma cama. Con tus dedos de huesos descorrés los cerrojos para mostrarme lo que viniste a traerme: un dibujo mío que te gustó, una canción que bailábamos , una lluvia de flores amarillas de tilo, unas piedritas de colores que juntamos en la Patagonia y que todos se olvidaron de darme, un cuaderno repleto de palabras que escribimos, unas fotografías, un perfume. Desplegás tus regalos como si fueras mercader en una tienda persa y yo te miro hacer con los ojos arrasados de lágrimas porque sé que estás muerto, que te irás nuevamente y que con vos se irá todo lo que tuvimos juntos; porque sé que al morirte se me murió un pedazo de historia, un fragmento de alma, una fracción del cuerpo y eso es irremediable. Eso es la muerte entonces: lo que a mí me desapareció cuando vos te moriste.

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