jueves, 14 de octubre de 2010

El muelle


Supe lo de su padre y, cuando la vi en el muelle, con la mirada perdida y la canasta sobre la falda, esperando la lancha, no pude menos que acercarme, colocarle una mano, liviana pero contenedora, en el hombro y decirle:
-Me enteré de que su papá está grave. Lo siento mucho.
Ella levantó unos ojos dolidos y suspiró:
-Y el perro. El perro también.
No comprendí sino al rato. Me senté en el banco, a su lado, y la vi llevarse a los ojos varias veces un pañuelito blanco que ocultaba en su mano izquierda. No sollozaba, - a nuestro alrededor, el silencio del delta era casi sólido- pero las lágrimas caían por sus mejillas sin que pudiera detenerlas con ningún otro gesto que el del pañuelito discreto cada tanto.
Cuando la lancha llegó, me saludó con un leve movimiento de cabeza y la miré subir para sentarse en un asiento vacío junto al conductor.
Después de eso, volví a encontrarla un par de veces más, menuda y cabizbaja.
-¿Y su papá?
-Sigue mal. -repondió con los mismos ojos acuosos para quedarse en silencio unos segundos intentando consolar algún atávico dolor y agregó con un suspiro: -El perro también.
Yo traté de recordar al animal; pero su silueta se me diluía y mezclaba la de los otros perros sueltos de la isla. A veces me parecía que se refería a un animal blanco y pequeño que recordaba haber visto dormitando al sol, y otras creía que hablaba de un perro amarronado que debía tener gotas de sangre alemana en sus venas de mestizo perro isleño.
Como fuera, a quien sí recordaba con precisión era al padre: un hombre alto y corpulento que la doblaba en tamaño y peso. Los veía caminar por la vereda del arroyo, rumbo al muelle y me parecían una extraña conjunción: la hija, diminuta y frágil; el padre, enorme y avasallador. Él se sentaba en el banco y ella, siempre, permanecía detrás, con la cabeza gacha y de pie. De la madre nunca supimos nada. Cuando llegaron a la isla eran sólo ellos dos. Al principio nos costó determinar el lazo que los unía y pensamos que se trataba de un hombre mayor casado con una mujer mucho más joven. Sólo el tiempo y el trato escueto que otorgaron a los vecinos nos hizo entender. Ella siempre nos pareció enfermiza y asustada. En verano usaba un vestidito con flores de un gastado algodón celeste que nunca se sacaba, y, en invierno, un abrigo verde raído de tan viejo. A él se lo veía sentado en el porche de la casa, fumando un cigarro; mientras ella trajinaba trabajando en el jardín o en la casa. Nunca la vi sonreír, amarillenta y desmejorada, acompañada de ese perro de cuya existencia yo tenía memoria, pero no acertaba a describir.
A la semana la encontré en el almacén, me saludó tímida al guardar la compra en su canasta.
-¿Y su papá? ¿Sigue mal?
-Muy.- musitó apenas, y agregó mientras pagaba: -El perro tampoco mejoró.
Me quedé mirándola salir hasta que la voz de don Antonio me sacó de mi ensimismamiento.
Algo raro había, dijo, enfermarse tan grave un hombre sano y fuerte era incomprensible. Y menos que menos así, de repente, sin que nadie hubiera visto el momento en que la lancha lo había recogido para llevarlo a la ciudad.
Volví a ver al hombre corpulento fumando en el porche y a la menuda muchacha cargada de leña a través del jardín.
Pagué a don Antonio y regresé pensando en la extrañeza de la situación hasta que, poco a poco, mis propias preocupaciones me invadieron y la olvidé.
Tres semanas más tarde la vi en el muelle. Tenía una caja de madera en la falda y, sobre el banco, temblaba la llama de una vela amarilla. No me atreví a interrumpirla. Cada tanto metía la mano derecha en la caja y sacaba unas cenizas que arrojaba al río mientras se secaba las lágrimas con el pañuelito que ocultaba en la izquierda. Cuando terminó su ceremonia, apagó la vela, la guardó en la caja y se levantó.
Entonces salí del recodo donde me había resguardado y la saludé.
-Cuánto lo siento- dije.
Ella asintió con los ojos enrojecidos por el llanto. Yo quise abrazarla, pero se la veía tan atravesada por el dolor que sentí que su angustia era inabarcable y la ponía alejada de cualquier consuelo o contención. La pena tiene dimensiones inconmensurables para el que la mira como espectador. Me vi fuera de su tristeza y quise agregar algo que la obligara a hablar, a decirme algo que pudiera penetrar la coraza de su distante dignidad y me hiciera sentir heroico y generoso, un hombre capaz de ampararla en su sufrir.
-La vida es así.- agregué mirándola- Los padres se mueren y a los hijos les queda el penar.
Ella levantó los ojos y me observó sin comprender. El silencio del delta se hizo piedra a nuestro alrededor.
-Su papá.- susurré incapaz de soportar tanto vacío.
Ella entonces entendió y sonrió con el único gesto nostálgico que le conocí.
-No. No. Fue el perro el que se murió.
Y con una inclinación de cabeza bajó por el senderito y se marchó.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

jamas me hubiera imaginado esta (previsible... para un desorejado, irrespetuoso, violento rivadeneirico, como yo) vuelta de tuerca, entre atroz y descarnada...
Y encima está bien escrito, atrapa y crea un clima que insinua incestuosas sombras electricas (eso de la nena y el papá...y el mirar de la relatora, que proyecta un como si...- o le vamos a echar la culpa al amacenero de cruzando el puente ehh???
Y la oportunidad (u opotunismo) de la foto del final del dia que antecede el inicio del texto.
Una joya de la corona de la reina ¿Isabel?
No puedo ser objetivo - ni me lo propongo. Simplemente acepto la fascinación

Alma Minimalista... dijo...

Excelente ... vasto para enredarte con las primeras lineas y atraparme ... te obliga sutilmente a seguir leyendo hasta terminarlo cuando ... caes en la encrucijada del asombro ... y nada acepto sin más que curiosidad y reverencia me dejo atrapar ..! además muy buena narración .. !

Gabrielle Luna dijo...

Hola, me haria el honor de leer mi BLog?? La admiro mucho y se que aun soy muy joven e inexperta, pero gracias a usted me inspiro y me dan animos para seguirl echando ganas.

http://www.youtube.com/watch?v=aGIEvxI3WL4

Gracias.

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