sábado, 30 de octubre de 2010

Las manos de Cristina

Hubo algo de gesto trágico en esa mirada alta y en esas manos que fregaban el féretro para darle el brillo que ya tenía. "Es tu gente", parecían querer decirle al hombre que durante treinta y cinco años había sido el que entibiaba su costado en la cama, el que ahora le había sido brutalmente arrancado como cae la hiedra cuando se la quita del muro que la ampara. Frente a sus ojos empañados de lágrimas, sin que un solo movimientos delatara la hondura de su pena, desfilaba el otro protagonista de la tragedia: el coro. Esta vez eran hombres, mujeres, ancianos, niños, jóvenes -de a mares los muchachos, los que llevan la posta, los que tienen la bandera en la sangre, los entusiastas, los únicos, los nuevos. Y ella frotaba el ataúd para que él lo sintiera; para que, desde ese sitio impreciso donde el amor nos coloca a los muertos, escuchara esos gritos; a ver si con la euforia revivía y, quizá, la abrazaba. Pero los muertos son empecinados y no suelen levantarlos las manos amorosas que raspan las maderas que los cubren. Están ahí, quietitos, para siempre, mientras la tragedia se mueve a su costado en una cinta infinita de cuerpos que pasan, que gritan, que reclaman, que lloran, que hacen -por un instante- visible su condición de pueblo. Y ella allí, digna, dignísima, con su máscara que se quebraba a veces cuando el grito interpelaba su corazón dolido y se llevaba el rol para traer su cuerpo que ya iba sabiendo qué tiene la viudez de inconsolable. Ella allí, con la mirada alta, velada tras los lentes oscuros y las manos rozando la madera para horadarla, para hacer una grieta por donde hablarle al muerto, como otras veces, en el oído, para que viera el pueblo que cumplía con el rito, y el dolor que anudaba los cuerpos más dísimiles en una ola nueva.
-¿Hija, te vas?
-Y ya no vendré de nuevo.
-¿Y dejas a tu madre?
-Como ves, sin merecerlo.
-Detente, no me abandones.
-Prohibido derramar lágrimas.
Y vosotras, jóvenes, entonad un canto por mi destino.
¡Qué resulte un presagio feliz para los Danaides!
¡Que alguien apreste los canastillos,
y que encienda el fuego con los granos de cebada prificatorios!
Porque voy para procurar a Grecia la salvación y la victoria.

Eurípides, Ifigenia en Áulide.



3 comentarios:

silvia dijo...

Sí, algo para decir: que tu mirada sensible, como una lupa puesta sobre pequeños-enormes gestos es muy necesaria en estos días, Julieta. Como agua que lava tanto murmullo sórdido, el graznido de los cuervos, las voces del odio.
Que tu "agua que mana y corre" siga haciendo su amoroso trabajo.

maria dijo...

Impecable comentario describiendo un cuadro que impresionó y llegó hasta el alma de muchos Argentinos.
Gracias Julieta por tus palabras.
Quedan latiendo en mi cabeza y hoy me pregunto qué es realmente sentirse un patriota...

Cristina dijo...

¡Qué emotivo, Julieta!, mientras miraba ese gesto que hacía Cristina, pensaba: "le acaricia la cabeza y le acaricia las sienes", porque allí, estaba la cabeza de su esposo... Y bueno Julieta, ahora el tiempo será el encargado de traer el consuelo... la fe y el tiempo

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