martes, 9 de noviembre de 2010

La muerte de las bestias


Murió. Todos algún día deberemos hacerlo. Murió sin darse cuenta de lo que le estaba sucediendo, inconciencia que no supo permitir a sus víctimas cada vez que ordenó que sus cuerpitos fueran lacerados, que sus hijitos fueran regalados, que sus viditas fueran arrojadas y sus almas nadaran entre las aguas mojadas de los ríos para alcanzar el cielo con sus alas. Murió en una cama blanda, con sábanas inmaculadas y médicos que trajinaron a su vera en un intento por salvarle eso que, en todos los humanos, denominamos vida y en él habrá sido un conjunto de sangre y carne y oxígeno enfervorizadamente turbios. Murió y habrá habido miles de bocas (treinta mil para no andar con aproximaciones) golpeando a la puerta de donde vive Dios para decirle que no, que no le concediera la gracia de la ausencia, que lo curara, que lo dejara vivo y lúcido para enfrentar el juicio de los hombres que lo llevara a una celda y entonces sí hacer lo que la muerte hace con todos los humanos: borrarlos de un plumazo y dejar la memoria instalada, el recuerdo perenne, la conciencia intacta. Murió Massera sin juicio justo, sin condena, sin vergüenza siquiera. Dante lo hubiera puesto en el noveno círculo: los que traicionan recibirán al tipo que se llevó cargado a tanto ser humano, que robó tanto niño, que tuvo tanta alma enrojecida con la sangre de mucho joven muerto. Murió Massera y no hubo justicia...¡qué tristeza infinita!

En estos días pasados en los que tantos se alegraron por la muerte de Kirchner,
yo, que me enfurecía ante esa alegría, pensaba, con inquietud,
cómo hacer el día que murieran estos tipos porque, nobleza obliga,
no se puede pregonar lo que no se hace y me imaginaba
en pleno descorche de bebidas brindadoras. Ahora sí puedo decir:
qué hijos de puta los que se alegran con la muerte de otro
como si la desaparición física fuera justicia.

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