domingo, 2 de enero de 2011

Bajo el cielo de Pompeya


BAJO EL CIELO DE POMPEYA

La Circumvesubiana bordea el Golfo de Nápoles a la vera del volcán. Pasa las estaciones con las casas y los viveros casi adheridos a las vías. La gente sube y baja con un ritmo enfervorizado y grandes ademanes napolitanos. Van y vienen como insectos palmeándose los hombros y proclamando a los gritos la historia que tienen para contar. El tren es un tubo de vidrio: a la izquierda, el Vesubio y a la derecha, esa porción azul del mar Mediterráneo que se llama Adriático. Pasan San Giovanni, Barra, Santa Maria de Pozzo, Villa San Giorgio… y casi al final de la curva abrupta que lleva a Moregine está la Villa dei Misteri donde ella debe bajar.
Es una parada pequeña junto a las ruinas, a treinta minutos de la terminal central de Nápoles. En el andén, escasos veinte metros de lado a lado, hay una diminuta cafetería que vende también algunas pastas y pizzas. Medita un rato ante la vitrina si sentarse a comer o hacerlo de pie. Finalmente elige lo último porque no quiere perder tiempo. Bastante ya con el tren que la traía desde Roma y se demoró noventa minutos a la entrada de Nápoles hasta que a algún ferroviario inteligente se le ocurrió volver la máquina atrás, hacer descender a los pasajeros y buscar un ómnibus que, en menos de diez minutos, los dejó en la terminal. Así que pide un acqua frizzante piccola y un panino de prosciutto cotto e formaggio. El camarero le pasa la botella y un sandwich en un sobre de papel blanco. Lo toma y se sienta en un banco en la estación. Abre la bolsa y come intercalando tragos de agua. Termina y tira todo en el recipiente de residuos. Pregunta por los servici igiénici y el cajero, un viejito de bigotes blancos, le indica un corredor que se abre entre unas glorietas de buganvillas bajo el cielo azul del Golfo.
Dentro del baño hay un hombre. Puede verlo, detrás del vidrio esmerilado, cambiarse la ropa con detenimiento. Se impacienta porque tiene deseos de orinar y el ocupante tarda como si, en el mundo, no hubiera otra cosa que su aseo tras el cristal opaco. Ahora se lava las manos y la cara con abundante agua, a juzgar por el ruido del grifo abierto contra la pileta que no hace más que aumentar su deseo de orinar. Ahora se peina con un cepillo cuyo color no puede identificar y que, por momentos, supone verde o azul claro. El hombre -ella oye el spray- se arroja desodorante, guarda sus cosas y corre el pestillo. Justo a tiempo antes de que ella se orine o la emprenda a golpes contra el vidrio para que le abran.
Ella casi no lo mira. Entra, corre la traba, se desabrocha y orina con una increíble sensación de felicidad. Su chorro dorado se mezcla con el agua traslúcida y brillante de la taza del inodoro. Cuando termina se corre el cierre del pantalón, se lava las manos, las pone bajo el aire caliente del secamanos y sale.
El cielo está azul y, pese a ser agosto, es un día apenas primaveral. Ya casi lamenta haber traído el abrigo verde que le fastidia en las manos. Antes de salir de la estación y cruzar la calle, compra otra botella de agua y unas frutas que guarda en su mochila de lona. Camina media cuadra bordeando la muralla de Pompeya, un muro que simula ser antiguo, pero protege desde hace poco los restos a los que va a ingresar. Es lunes. No hay mucha gente y compra sin inconvenientes el boleto, pasa el molinete y ya está. Acaba de entrar en Pompeya: la Villa dei Misteri.
Sube por un puentecito de madera, pasa un bloque de piedra bastante tosco y accede a una calle en deplorable estado de conservación. Camina tranquila, pero sus ojos van más allá, casi hasta el límite donde Pompeya se pierde en las laderas lejanas del Vesubio. Accede al foro donde unos turistas japoneses se ríen detrás de una varilla con una cinta roja que porta un guía, japonés él también. Y sacan fotos. Muchas, muchísimas fotos. Los mira. ¿Qué entenderán de una ciudad romana sepultada en lavas? ¿Y de las sutilezas del derecho romano y las bacanales sangrientas en el circo? ¿Y del fino arte del envenenamiento y la política?
El foro es amplio, verde, con columnas caídas y desparramadas El sol del mediodía del 23 de agosto se alza contra los muros que estuvieron sepultados tantos años a su luz. Extiende el mapa para orientarse. Una niña rubia pasa saltando a su lado y le sonríe, pero está demasiado concentrada en el entramado de calles que salen del foro como para observarla. La pequeña la rodea con sus saltos y se aleja justo cuando ella levanta los ojos. Alcanza a ver su vestido blanco flotando detrás de una columna como una mancha clara en el mediodía pompeyano.
Parada en el centro del foro imagina el bullicio del mercado, las mujeres cargando a sus hijos y deambulando entre los puestos de narcisos, de pescados, de verduras. Y los hombres con togas livianas caminando en grupos con un manojo de esclavos de piel cetrina detrás, llevando los rollos. Allá, Fluvio discutiendo con un senador recién llegado de Roma acerca de los acueductos que deben ser reparados mientras un carro se aparta para no chocarlos. Sobre una angosta veredilla, Silvio Apérculo desenrollando un libro que Polibio ha traducido del griego y que le ha sido enviado con el correo de la mañana. Respira feliz. Está en Pompeya. De un lado, el mar; y del otro, el Vesubio con su tamaño imponente y su antiguo aroma de fuego. Está en Pompeya. ¡Quién lo diría! Recuerda entonces a su viejo profesor de latín... Pompeya y el ‘79. ¡Qué año!, piensa. Hacía tanto calor en esas vacaciones veraniegas. Tanto que se hacía imposible permanecer en la ciudad con sus malsanos olores. Elige la Via dell’Abbondanza, una calzada que emerge a la derecha del foro en línea recta, y la toma. Una humedad liviana y trasparente tiñe las superficies de un azul cristalino y único. Agosto se deshace en una brisa fresca contra las antiguas paredes. Sopla entre los intersticios y desaparece bajo los pies que recorren la villa. Hicimos lo que deseábamos. Un día, salir de Roma, populosa y hambrienta, encaminarnos por la vía hacia esta pequeña casa de piedra donde el aroma sulforoso y marino entraba por los poros. Más allá el circo, el teatro, la habitación donde los gladiadores ejercitaban sus músculos para la lucha y los olivos en fila contra el cielo azul del verano. Hicimos lo que deseábamos: vivir en Pompeya. Los carros horadaban la piedra del suelo y el sueño se tejía en la calma de la siesta; mientras, en los jardines, las matronas descansaban junto a las fuentes con la vista en los murales de finos colores y la Venus de Pompeya les devolvía su propio reflejo mejorado.
Dobla a la derecha por la Via dei Teatri y la calle entrega filas de casitas con sus pórticos y sus columnas. Domus Silvii, Domus Flavii: una pegada a otra, una tras otra, una con otra, en una algarabía promiscua de viviendas que parecen darse sombra mutuamente, que se sostienen en un inestable equilibrio. Dobla por la Via del Templo d’Iside, pasa bajo una arcada y penetra por un bosque de pinos pequeños a las gradas del Teatro Grande que unos obreros están refaccionando para devolverle las tablas a lo que parece ser el antiguo escenario. La gente está sentada en el semicírculo y observa, bajo el sol, a los albañiles que representan la escena del trabajo. Ella también se sienta. Sobre su cabeza, el cielo abierto de Pompeya y su perfume de azufre. Cierra los ojos, escucha el ruido de los martillos contra los tablones y estira su mano para rozar las hierbas que crecen entre las viejas rocas. Repentinamente sus yemas alcanzan algo suave y abre los ojos. La niña rubia le sonríe tapándose la cara con sus manos pálidas porque el sol enceguece sus ojos azules. Tiene un vestido blanco que ella no alcanza a distinguir si está bordado con girasoles o alguna flor entre amarilla y grisácea. La niña le sonríe sacudiendo un piecito apenas calzado con unas sandalias de cuero rosáceo. Ella le sonríe también y gira su cabeza alrededor para distinguir a los padres de la criatura; pero no ve a nadie. Cuando vuelve sus ojos a la pequeña, la ve a alejarse a los saltos por la escalinata opuesta, hacia los arcos que dan al Odeion donde distingue su ropa blanca flotando con la brisa que s aleja los ruidos de los obreros y el murmullo de los turistas despatarrados sobre las escaleras. La brisa de agosto en Pompeya. Hicieron lo que habían hablado porque Iulia necesitaba el mar y su aire salobre para limpiar sus pulmones enfermos. Además era tan bella Pompeya en los amaneceres, cuando, al despuntar el sol, comían en el pórtico de la casa cercana al Arco Onorario donde aquella vez habían jurado a los Dioses no regresar jamás a la metrópoli. La ciudad se dormía con el ulular sibilante de las cigarras en la calma dorada del verano, cuando llegaban los hombres y mujeres de Roma y Iulia crecía fuerte con el aire puro, ligeramente sulfuroso, que mataba los males que alguna antigua envidia había implantado en su cuerpo frágil. Tan cristalinos sus grandes ojos. Corría cada mañana al Templo de la Fortuna con un manojo de flores para depositar junto a la estatua.
Qué afortunada era de estar en Pompeya. Si la viera su profesor de latín que le había asegurado a la segunda clase que ella había nacido para aquella lengua, que nunca en su vida había visto a alguien que la aprendiera con tanta facilidad. Casi como si fuera su lengua materna, dijo y le estampó un diez en su libreta universitaria antes de estrecharle la mano con efusividad. Baja a las apuradas las gradas y pasa la puerta. El Odeion está desierto. Sólo una pareja duerme en las gradas de este teatro pequeño como olvidada del tiempo y el lugar. Sale por detrás del escenario hacia el Quadriportico dei Teatri. La gente está tirada en el inmenso rectángulo. Observa, paseando entre todos, cómo comen sus viandas; pero la niña no está: sólo unos turistas alemanes cuyos hijos corretean con poca gracia persiguiéndose por entre las columnas que bordean el césped. Se sienta ella también y despliega su mapa sobre la tierra. ¿Adónde ir ahora? Una pequeña mano pálida le señala un punto en el Vicolo del Balcone Pensile. Levanta los ojos y ve a la pequeña, en cuclillas sobre su mapa, que ya se pone de pie y le hace gestos para que la siga. Ella mira alrededor y no ve a nadie que acompañe a la niña. ¿Qué adulto podría haber extraviado a semejante criatura en Pompeya?, piensa. Algunos padres deberían sacar una licencia antes de procrear. Sería mejor tomarla de la mano y llevarla a la caseta de la Porta Stabia que es la que está más. .. Pero la niña ya cruza los arcos y ella la sigue a través del pequeño bosquecillo verde que rodea al Templo Dórico. Cuando sale, la ve avanzar por la via dei Teatri varios metros delante de ella, como si supiera adónde desea llevarla; porque marcha, en sentido contrario, a una velocidad que apenas puede sostener: ya cruza la Via dell'Abbondanza; a la izquierda quedan las Termas Stabianas y la calle gira suavemente hacia la derecha cuando distingue, en la esquina del Vicolo del Balcone Pensile, una pequeña casita de dos plantas, a la que se accede por una puerta angosta, tanto que apenas si pasa un cuerpo de frente. Eran delgados estos romanos, piensa; pero la casa está tan en penumbras que no puede pensar más en la complexión romana porque debe orientarse entre la gente que deambula riéndose en unos pequeños cuartuchos más estrechos que celdas. Por unas ventanitas a la altura del techo se cuela un débil rayo de sol y el aire entra como un agónico quejido.
¿Dónde está? ¿Dónde está? Hace horas que la buscaban. Hace horas que deambulaban por las calles como ausentes. Habían recorrido las casas de todos los vecinos, como tontos de ira y de dolor; pero ella no estaba. Parecía que se la había tragado la tierra. A los gritos él había llamado en el Foro, en los huertos, en las tabernae; pero nada... Agosto se duerme en su color azul. Un cuartito que sus ojos ya distinguen porque se han acostumbrado a la oscuridad. Unos dibujos en las paredes muestran a parejas copulando. Se sienta en un lecho de piedra. El lupanar, piensa. El cuarto es agobiante de tan pequeño y huele a sudores veraniegos mezclados, esa amalgama de perfume a lavanda matinal, a jabón de coco nocturno y a transpiración cotidiana de pieles grasosas o secas, y en el fondo un lejano olor a sexo que parecen exudar las piedras. Las risas se oyen asordinadas en los otros cuartos. ¿Y qué es eso, papá?, una voz infantil. Unos señores jugando. ¿Y a qué juegan, papá? Al caballito. ¿Jugamos? ¿A qué, hijo? Al caballito. Yo me monto en tu espalda y tú te acuestas allí, papá. Es que aquí no nos dejan. Esto es muy antiguo y tienen miedo de que tú y yo jugando lo rompamos. Mejor salgamos y, en la calle, te monto en mi espalda. Se levanta del lecho de un salto. En el marco de la puerta, la niña la mira con sus grandes ojos azules. Seria. Está muy seria con su vestido de flores amarillas o grisáceas. Apoya las dos manitas pálidas contra los marcos de la puerta que no es más ancha que su cuerpo de apenas ocho años. Ella observa el corte de su cara. ¿Y Iulia? ¿Cómo es que la perdieron? ¿Cómo pueden perder a una niña en una villa veraniega a pocos kilómetros de Roma? Imposible que eso hubiera sucedido. Revisaron los riscos, los cursos de agua, los pozos y nada de Iulia. La madre se sentó en una roca y se largó a llorar, alguien le acercó un vaso de agua. El Vesubio tenía olor a infierno ya. Ella se levanta y tose: la humedad nunca le ha hecho bien: ni en Pompeya ni en París ni en Buenos Aires. Se le mete en los pulmones y los aprieta hasta terminar ahogándola. Y el lupanar es tan estrecho. No me explicó mi profesor cómo entraban todos acá. O yo tuve la malograda sensación de que los conquistadores del mundo debían ser altos y anchos porque, prejuicio al fin y al cabo, no se imaginaba a los Césares de baja estatura. Se ríe y se levanta para salir al exterior; pero ella sigue allí, vedándole la puerta con su cara pálida, sus ojos azules y su vestido blanco con flores grisáceas o amarillas. ¿Tus padres?, le pregunta. La niña no contesta. And your fathers? Silencio. Et ton papas? Silencio. La tua mamma, ragazza? La niña abre la boca y una voz subterránea y gangosa, que parece apartar telarañas y musgos para salir a la luz, modula con dificultad, Mater et pater morti sunt. Ella cierra sus ojos claros. Seguro ha oído mal. Por las dudas vuelve a preguntar y la niña repite la respuesta. No oyó mal. Empieza a sentir que el aire la oprime, necesita salir. Iulia ha desaparecido y nadie la vio: ni los tenderos, ni los paseantes del foro, ni los comerciantes nuevos que habían llegado a la ciudad veraniega y ya se estaban marchando. ¿Haber venido desde Roma a instalarse para que el aire sano de Pompeya curara los pulmones enfermos de la pequeña y extraviarla en una aldea italiana? La madre lloraba desgarrada junto a los centuriones. ¿Alguna seña? Las que ya había repetido hasta el cansancio. ¿Algo que la distinguiera? Una pequeña cadena de oro con una guarda de estrellas diminutas de zafiro. La niña se le acerca a ella, que permanece sentada. ¿Cómo te llamas?, pregunta ella y recuerda la lengua en que la niña le había contestado. Quo nomine es ?, se corrige. La niña sonríe, se sienta junto a ella y susurra. Iulia, ego me appello Iulia. Pulcher nomen puellae est Iulia, sonríe ella acercando su mano a la mejilla de la niña, pero la retira al rozar esa piel fría, como de mármol. Et tu, Iulia, quocum habitas? Iulia la toca en el pecho y murmura In te. Ella se ríe. La niña la toma del brazo. Dócilmente la sigue saliendo a la luz abismal de agosto. En el exterior, sus ojos tardan en acostumbrarse a la claridad. Cuando vuelve a ver, Iulia corre delante y ella la sigue: se detienen en una casa grande de paredes rojizas con mujeres acuáticas pintadas. Ella siente un perfume familiar: es el mismo romero que su abuela sembraba en el jardín y florecía cada primavera. Iulia sube, de a dos en dos, los escalones del acceso y empuja la puerta de madera y vidrio coloridos. In nostrae domu sumus, aclara. Ella, sin saber por qué, asiente. Están en casa, es cierto. La niña deambula entre los cuartos hasta llegar a uno lindero con el jardín y pintado de celeste como el cuarto de su infancia. Iulia corre a un rincón y levanta una baldosa azul del piso para sacar algo que está escondido allí. Manus tuas apere, le ordena. Ella extiende las palmas y la pequeña deposita la cadena de oro con una guarda de estrellas azules que ella había extraviado en Buenos Aires al cumplir 16 años. Se la coloca sin preguntarse qué hace allí mientras por la ventana se ve bajar el fuego del Vesubio y un cortejo fúnebre de veraneantes romanos transportan en andas un pequeño ataúd rumbo al cementerio de Pompeya la tarde del 23 de agosto del año 79.

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