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Mostrando entradas de febrero, 2011

Universos femeninos

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Trajina en su universo de mujeres y su paciencia, que es infinita, se adelgaza hasta hacerse finita como una hoja mínima en el viento. Respira, toma un envión y vuelve a construir los puentes que sostienen relojes de goma, madejas de cabellos, orejas que no oyen, respuestas entre dientes y un estallido a punto de escaparse que doma, de a poquito, corrido hacia un costado: no vaya a ser que la explosión lo lleve y sea irremediable como unir los pedazos de una taza querida con baba de una araña. Él sabe, y aguarda que amanezca, munido de un paraguas. Y pasa la tormenta, él lava las huellas del naufragio y vuelve a transitar paciente su mundo de mujeres hasta que vuelva el viento y achique su paciencia al infinito.

Volver

La noche espera en el borde de la ciudad que duerme.
Caen las últimas gotas de la lluvia sobre los límites de las palabras que se acurrucan para que nazca el día.
Cierro los ojos sobre la almohada blanca y tu perfume me abraza a través del silencio.
He regresado a casa.

Él habla, dice, cuenta, oye.

Es una casa de bordes redondeados, sin aristas, en donde los sonidos se arremolinan en manojos de luces mientras la oscuridad se llena de tonos cristalinos. Él me habla en el cuello y las palabras se demoran en el lago mojado de mi pecho para nadar en el perfume de su boca. Después buscan la planicie profunda de mi vientre y vuelan hacia los pliegues húmedos de mis rodillas. Él habla, dice, cuenta, oye; él muestra, abre, abarca, enseña; él ampara, protege, acuna, espera. Yo, a veces, tengo miedos: los de ahora, los de antes, los de nunca, los de siempre. Me descubro queriendo una mañana abierta, unos peces violetas, una mesa pequeña en un lugar sencillo. Yo, a veces, dejo que se convoquen mis fantasmas. Pero él ahuyenta el pasado cuando ríe, me deja que lo llame a través de vidrios circulares, que me aleje y que vuelva, que apoye mi cabeza repleta de dolores para que el corazón se limpie y vuelva a ser un cántaro lleno de agua fresca mientras él habla, dice, cuenta, oye.

Primera oración

Él pasa su mano por mi brazo. Roza mi piel apenas, primero, sin otra cosa que sus yemas sobre mi piel dormida. Después su mano se demora, busca el pliegue, deja una huella de pequeñas medusas azules en el agua que habita entre mis poros y me habla. Sus palabras se enredan en sus dedos, abren sus alas de vocales y se quedan dormidas entre mis manos tibias. Él habla mientras su mano arma un camino en que mi piel lo aguarda. Se me llenan los ojos de recuerdos que aún no puedo poseer, pero ya tengo: un primero de enero, un río, una tarde de lluvia, un libro que se cae, el aroma entibiado de una cena, la sencillez perfecta de una ruta contra el amanecer del campo, el perfume de la tierra mojada... Él pasa su mano por mi brazo y yo dejo caer los murallones que tapaban mi risa y me dejo encontrar donde estaba escondida desde hace tantos días. Y entonces en el límite exacto de mi pena crecen flores violetas, retornan en su vuelo los pájaros y el arroyo se llena de peces y de barcos. Respir…

Certezas

No son muchas las certezas;
son, más bien, unas pocas:
los ojos que se abren y se cierran sólo cuando nosotros les ordenamos que lo hagan;
el corazón que late sin que podamos interferir en ello;
la piel que se estremece aunque una se ponga tres abrigos superpuestos
y diga que hoy no, que quizá sea mañana o pasado o en un mes porque el futuro no es más que eso que se va posponiendo.
A veces se descarga un aguacero y despierta el perfume de la tierra;
a veces sale el sol y quema hasta la extenuación pero es una alegría contra el cielo del día.
Está la muerte y es una herida honda e incurable,
pero sigue la vida como un pañuelo que se despliega entre la yema de los dedos
y es una suerte que todo se inaugure después de tanta pena.

Agua

Algo que es apenas imperceptible se eriza sobre la superficie mansa del agua, la encrespa y enerva su molécula de oxígeno por sobre las de hidrógeno incomodándoles la estabilidad que las soldaba. Algo desplaza su quietud verde y la vira hacia un azul ligero, casi turquesa oscuro aún con más de esmeralda que de celeste. Un viento pasa arriba sin rozar su masa líquida pero mirándola moverse casi, como si en medio de un ruego algo hubiera quedado detenido en el minuto subsiguiente en el que la espera se habría de desmigajar en eventos irreproducibles y oscuros. El agua se atormenta en su seno profundo preguntándose –como tan sólo se indaga el agua- qué hay y algunas cuestiones quedan sin respuesta porque no está en su forma más que la dubitación irreductible. Después el agua baja por un camino desconocido, ingresa en territorios que a su esencia le estaba vedados – ¿o fue tal vez ella misma quien se los había impedido para quemar para todos los días venideros lo que la sucesión tiene de…