domingo, 13 de febrero de 2011

Él habla, dice, cuenta, oye.

Es una casa de bordes redondeados, sin aristas, en donde los sonidos se arremolinan en manojos de luces mientras la oscuridad se llena de tonos cristalinos. Él me habla en el cuello y las palabras se demoran en el lago mojado de mi pecho para nadar en el perfume de su boca. Después buscan la planicie profunda de mi vientre y vuelan hacia los pliegues húmedos de mis rodillas. Él habla, dice, cuenta, oye; él muestra, abre, abarca, enseña; él ampara, protege, acuna, espera. Yo, a veces, tengo miedos: los de ahora, los de antes, los de nunca, los de siempre. Me descubro queriendo una mañana abierta, unos peces violetas, una mesa pequeña en un lugar sencillo. Yo, a veces, dejo que se convoquen mis fantasmas. Pero él ahuyenta el pasado cuando ríe, me deja que lo llame a través de vidrios circulares, que me aleje y que vuelva, que apoye mi cabeza repleta de dolores para que el corazón se limpie y vuelva a ser un cántaro lleno de agua fresca mientras él habla, dice, cuenta, oye.

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