miércoles, 9 de febrero de 2011

Primera oración

Él pasa su mano por mi brazo. Roza mi piel apenas, primero, sin otra cosa que sus yemas sobre mi piel dormida. Después su mano se demora, busca el pliegue, deja una huella de pequeñas medusas azules en el agua que habita entre mis poros y me habla. Sus palabras se enredan en sus dedos, abren sus alas de vocales y se quedan dormidas entre mis manos tibias. Él habla mientras su mano arma un camino en que mi piel lo aguarda. Se me llenan los ojos de recuerdos que aún no puedo poseer, pero ya tengo: un primero de enero, un río, una tarde de lluvia, un libro que se cae, el aroma entibiado de una cena, la sencillez perfecta de una ruta contra el amanecer del campo, el perfume de la tierra mojada... Él pasa su mano por mi brazo y yo dejo caer los murallones que tapaban mi risa y me dejo encontrar donde estaba escondida desde hace tantos días. Y entonces en el límite exacto de mi pena crecen flores violetas, retornan en su vuelo los pájaros y el arroyo se llena de peces y de barcos. Respiro con la boca, con los ojos, con la nariz para que vuelvan a vaciarme las moléculas verdes del oxígeno limpio, mientras lo miro pasar sólo su mano por mi brazo y hablar de cosas que se tornan trascendentes.Y me dejo transportar hacia los días que vendrán y serán en sus manos, sobre mi brazo, sobre mi exacta memoria del pasado, sobre mis penas, sobre los párpados livianos de mi vida, sobre el vacío para llenarlo de bosques, de selvas, de tormentas. No hay nada que decir porque en la noche se abren las luces mientras roza mi brazo y habla y yo me dejo estar en la tibieza del amparo, segura y otra, pero la misma que supe ser cuando yo era. Cada segundo que pasa se hincha de palabras y mi cuerpo es un papel escrito por la mano que roza su superficie, que borronea. Se perfuma la hora y callo. Todo busca su sitio y cantan las alondras en el anochecer dormido del silencio.

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