sábado, 12 de marzo de 2011

La caja

Yo le di la caja. Era lunes, 21 de diciembre, un calor que pegaba los pájaros al suelo. Habíamos caminado en procesión -informal y desarticulada- hacia la casa; yo con la caja. Como si llevara una ofrenda. La gente ya festejaba una Navidad deslucida e imprecisa, pero yo llevaba la caja.
Ella venía apoyada en el brazo varonil de mi hermano, como siempre. Y él se inclinaba, ligero, hacia ella, protegiéndola de las circunstancias que se habían instalado entre nosotros desde el jueves anterior. Todo perfecto, pero la que llevaba la caja era yo. E iba sola, adelante, por la calle Olleros que parecía una boca de aire quemado de tan caliente.
Al llegar, ella sacó la llave y me la extendió. La introduje en la cerradura y la puerta sonó oxidada sobre las bisagras. Esperé que todos pasaran -ella, mi hermano, y la vecina infaltable que ella solía prohijar como si fuera su propio riñón-, y cerré la reja. Con el llavero me dirigí a la puerta de entrada donde me aguardaban. La casa estaba fresca y oscura. Unas bolsas se apilaban en el pasillo.
-Ya junté la ropa. -me aclaró.
-Ah, -dije- mirá vos.
-Habría que regalarla -acudió presurosa la vecina- no va a hacer más que juntar polvo acá.
-Sí, claro -apoyó ella apurada- ¿Venís a comer mañana? Puedo preparar algo para...
-¿Festejar? -la interrumpí.
Mi hermano levantó la vista.
-¿Festejar? ¿Qué decís? No hay nada que festejar.
-¿Vos no vas a aprender a leer entre líneas jamás, no?
-¿Venís o no? -insistió ella.
-Después te aviso. -le contesté y apoyé la caja en una repisa- La dejo acá y mañana vemos cómo hacemos.
-Entonces venís.
-Te aviso.-dije- Y si no vemos mañana, resolvemos el miércoles de qué manera cumplimos. ¿Les parece bien?
-Sí -contestaron a coro ella y mi hermano.
-Entonces me voy- y la vecina ya tenía el llavero en la mano.
Cuando salí recordé que aún no había pensado en los regalos del 24 y era un momento para hacerlo. No sé si el mejor, pero uno al fin.
Al día siguiente cuando toqué el timbre, mi hermano salió a abrir.
-¿Vos vivís ahora acá?
-Llegué hace un rato nomás.
Entramos los dos en silencio. La caja ya no estaba en la repisa. Fue lo primero que noté.
-¿Y la caja? -pregunté.
-Ya la tiré.- aclaró poniendo los platos sobre la mesa.
-No habíamos dicho...
-Sí, pero lo resolví yo. Al fin y cabo era mi derecho, ¿no?
Respiré profundo y cerré los ojos. Volví a verlo, sentado en una piedra de un lejano bosque, con la cabeza entre las manos y los ojos grises, empañados y tristísimos. Alguien tiene que sacrificarse para que los demás puedan ser felices. Como si la felicidad fuera una donación, pensé. Abrí los ojos y la vi de pie, junto a la repisa, con un tenedor en la mano y esperando.
-No -murmuré- no era tu derecho.
-No vas a hacer un problema por esto. -exclamó mi hermano desde su lugar en la mesa -¿Qué importa quién lo hizo? Está hecho y listo.
-Abrime.
-¿Qué? -preguntó ella- ¿No te quedás a cenar?
La miré midiendo la repercusión exacta que irían a tener mis palabras. Las vi deslizarse por la rejilla y supe que era una batalla que no valía la pena librar.
-La sangre es nuestra, no tuya. Y si alguien, en esta situación, tenía derecho éramos nosotros tres. Y ahora abrime.
Mi hermano se levantó.
-Siempre la misma- resopló mientras agarraba las llaves- De una cuestión intrascendente hacés un mundo.
-Un mundo que si se desploma sobre vos, mirás los restos diciendo "uh, se cayó".
-Dejala, dejala...- exclamó ella- No tiene nada para decir e igual jode.
-No peleen.
-Ni pienso, abrime. Lo que venía hacer ya está hecho, ¿para qué cenar?
-Abrile. Y no vuelvas nunca más.
Mi hermano abrió la puerta y salí. Esta vez, con seguridad, no era un buen momento para pensar en regalos o festividades de Navidad.

De esto han pasado ya casi veinte años: veinte largos y pedregosos años.
Ayer justo tomábamos el té, ella y yo. Mi hermano vive lejos y de la vecina, ni rastros.
-Cuando yo me muera- dice, y yo pienso, con resignación, que faltan todavía siglos para el acontecimiento - quiero que pongas mis cenizas en el arbolito de Plaza Francia así le doy sombra a la gente que va a pasear-siempre fue afecta a los sentimentalismos poéticos.
-Está bien.
-Agarrás una palita, cavás un pozo y me dejás.
-Bien.
-¿Vas a saber hacerlo bien?
-Y, quizá, -exclamé ponzoñosa- nunca me dejaste ejercitar. La otra vez lo hiciste vos solita.
Ella levanta los ojos de la taza y me explica como si yo fuera una niña
-Mirá si iba a necesitar tu ayuda para tirar las cenizas de tu padre a la basura. Para eso nadie necesita ayuda. ¿O sí?
Intento contener la ira que repentinamente, con la revelación, me crece en medio del estómago porque ni vale la pena discutir. Ella ya decidió que a mi padre no puedo continuar amándolo porque está muerto. Y a los muertos no se los sigue queriendo, aclaró.

1 comentario:

Silvia dijo...

Ay, Julieta... yo también tengo mi "ella", que se dedicó a decidir a quién se debe/no se debe querer, y cómo, y cuánto. Y a decidir también el precio que debemos pagar quienes nos atrevemos a incumplir ese mandato. Conozco la ira y el dolor y la impotencia que crecen en el estómago ante esas batallas perdidas.Pero... esas batallas se libran aún en mis sueños (en mis pesadillas). Y algunas veces, muy pocas, gano.
Y tal vez por eso puedo, de vez en cuando, tomar un mate con ella y compadecerme del alzheimer que se va llevando sus recuerdos y la deja casi sin pasado, una niña en un puro presente, que olvidó también cómo se tejían aquellas espesas y oscuras telarañas en las que durante largos años nos mantuvo atrapados.

Un beso grande

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