miércoles, 18 de mayo de 2011

En este instante

Te he llorado acuclillada sobre una baldosa fría cuando mi alma no se atrevía a cruzar el río del dolor. Entonces supe que la paciencia era la tela que debía bordar. Me abroquelé en la orilla de mi memoria para no naufragar en el páramo de todas mis tristezas y aguardé. Nunca fue fácil y no tuve un mapa para dibujar la ruta que debía seguir. Cuando aquel día tocaste a la puerta de mi casa con los ojos estragados y el corazón en llamas, supe lo que debía hacer: no era otra cosa que lo que mi vida me pedía: darte los brazos anchos de mi protección. Después tuvimos muchos puentes, oscuras avenidas, ríos sedientos que buscaban beber frágiles cuerpos. Hablé y me callé, cociné, escuché, dejé que pasaran las horas necesarias para llegar al día subsiguiente, te acuné. Siempre sabiendo que era provisorio, que la única forma que puede revestir al amor es la de las puertas abiertas y el cielo azul para volar. Deseo que puedas tener tus territorios, que siembres en tus días árboles frondosos debajo de los cuales te sea posible descansar. Me has enseñado algo que nunca podré dejar de agradecer: cada uno es distinto y hay que tolerante con lo que lleva en el pecho cada cual. Quizá no he sido la madre que esperabas, he dado pasos que ahora hubiera deseado no haber dado jamás; pero el pasado está escrito en páginas que fueron y yo soy lo que he podido ser. No hay otro amor más incondicional que el que te tengo. Sólo deseo que seas todo lo libre y fuerte que puedas y que sientas que en mí hay un recodo cuando necesites una taza de té.

2 comentarios:

Agust dijo...

Sí, tengo algo para decir:
que si después de esto no se siente apoyado, este pibe no entiende nada!

Mónica Volonteri dijo...

Con una mamá así, quién necesita una madrastra...

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