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Mostrando entradas de julio, 2011

Matemática pura

Uno más uno dos, pero se equivocan: uno más uno es solo eso: uno más uno sin síntesis abarcadora que pudiera dar dos.

La confianza

La confianza dice no con la cabeza y, en la mano, estruja su pañuelito de palabras. Ella quiere saber, que le cuenten una y otra vez la vieja historia en la que nunca termina de creer. Busca en su pecho, el lugar en donde se extravió su corazón y solo halla unos huequitos de colores antiguos por donde sopla el viento de la pena una vez más. Dice que ahora no, que otra vez será, que muchas gracias, que ha sido una velada encantadora, que quizá en otra circunstancia, que Dios dirá. Y en sus ojos de gacela olvidada, la confianza construye un edificio de certezas para abrir esa puerta y refugiarse en él.

Nadie quiere jugar conmigo

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Trapito

Miré tus ojos y no había luz que reflejara mi mirada;
así que tomé un trapito para lustrar la vidrierita de mi corazón y dejar que lo entibiara el sol.
Y trapo va y trapo viene,
te fuiste disolviendo y brillé.

17 años

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Llovía como llueve en julio en Buenos Aires cuando llega la sudestada: frío, finito e incesante. Algunas ráfagas más tupidas y un viento helado colándose en el pelo, en la ropa, en los guantes, entre los paraguas.
Y entonces a esa hora de siempre: la sirena sonó y pensé en los muertos: en esos, en los míos, en los que todos tenemos en algún pliegue del cuerpo.
Y la sirena penetraba en mis ojos al compás de la lluvia: fría, finita e incesante.
La sirena era un pedido de auxilio, de justicia, de memoria.
Me revolvía el alma. Volaba entre el techo de paraguas que no nos cobijaban. Hice lo que hago siempre cuando algo me asalta: lloré porque las lágrimas reparan las heridas y son el agua con que regar la confianza en que algún día el mundo será un sitio sin ninguna tormenta.

Apariencia y realidad

La única familia es la que una nunca puede alcanzar. La otra, la que existe, la que lastima es un efecto de la radiación.

Anécdota escolar XCIV: Yo quiero ser toro.

Los cuentos fueron colocados frente a los alumnos. Uno a uno con su texto y con sus posibilidades de interpretar lo que ese autor tenía para decirles, ahí, en esa precisa circunstancia.
-No entiendo.
-¿Qué quiere decir infortunio?
-¿Y hervor?
-¿Y nítido?
-No entiendo.
-¿Qué es el gato? ¿Un gato?
-¿Cómo alguien quiere ser toro?
-¿Qué te pasa, nena, nunca quisiste ser conejo?
-No entiendo.
En el frente, ella respiró profundo. Al fin y al cabo no era tan complejo: una carilla, un niño que recuerda, siendo adulto, un pasado doloroso que, sin embargo, valoriza porque la infancia -ya sabemos- es la edad de oro de los imbéciles inconformes con su adultaactualidad.
-No entiendo. ¿Vos entendés que yo, yo -oíme bien- yo no en-tien-do?
Tuvo la sensación de una crisis histérica al por mayor y multiplicada por cinco, seis o siete sirenas desatadas intentanto que Odiseo no llegue a casa, no por el afán de quedarse con el hombre; sino, tan solo, por arruinarle la vida a la pobre Penélope. Así que deshizo la t…

Literar en familia

Una familia en la que es imposible tejer lazos;
una familia en la que nadie hace que valga la pena llegar;
una familia en la que no se reconoce al otro como tal;
una familia donde los bebés fueron sacados al frío de julio con los piecitos desnudos y nadie se alarmó;
una familia donde la madre mira para otro lado como si nada estuviera sucediendo aquí;
una familia donde el padre vuelve, pero no está;
una familia donde los hermanos sufren la diáspora como algo sumamente natural:
una familia que hubiera podido brindarme la demencia y, en todo caso, me regaló la literatura como necesidad.