lunes, 18 de julio de 2011

17 años



Llovía como llueve en julio en Buenos Aires cuando llega la sudestada: frío, finito e incesante. Algunas ráfagas más tupidas y un viento helado colándose en el pelo, en la ropa, en los guantes, entre los paraguas.
Y entonces a esa hora de siempre: la sirena sonó y pensé en los muertos: en esos, en los míos, en los que todos tenemos en algún pliegue del cuerpo.
Y la sirena penetraba en mis ojos al compás de la lluvia: fría, finita e incesante.
La sirena era un pedido de auxilio, de justicia, de memoria.
Me revolvía el alma. Volaba entre el techo de paraguas que no nos cobijaban. Hice lo que hago siempre cuando algo me asalta: lloré porque las lágrimas reparan las heridas y son el agua con que regar la confianza en que algún día el mundo será un sitio sin ninguna tormenta.

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